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Durante muchos años nos dijeron que el mundo había cambiado, que el derecho internacional, las instituciones multilaterales y la cooperación entre estados habían sustituido a la vieja política de las grandes potencias y también que la soberanía de los países era inviolable y que las guerras de conquista pertenecían al pasado, pero basta observar lo que está ocurriendo en los últimos años para sospechar que ese mundo quizá nunca llegó a existir del todo.
Durante la Guerra Fría, el planeta se organizaba en torno a grandes alianzas. Dos bloques enfrentados —el liderado por Estados Unidos y el encabezado por la Unión Soviética— competían por influencia política, militar e ideológica. El paradigma era que cada uno protegía a sus aliados y trataba de ampliar su esfera de poder basándose en la lógica oficial de las alianzas; en definitiva, países que cooperaban para defenderse mutuamente.
Hoy parece que esa coherencia está siendo sustituida por otra más antigua y más cruda: la de las zonas de influencia.







Creo estar de acuerdo con la mayoría de españoles cuando pienso que la disparatada lista de peticiones que los socios independentistas de Sánchez vienen desgranando desde prácticamente la noche misma de las Elecciones Generales del 26 de julio con el objetivo darle sus votos de cara a la investidura nos tiene a todos entre alarmados y desconcertados.
