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Uno de los fenómenos más llamativos del debate actual, tanto público como privado es la desaparición progresiva de los argumentos.
Cada vez es más frecuente comprobar que, cuando se intenta debatir con personas que se identifican como progresistas, la conversación deja de girar en torno a ideas para convertirse en una cuestión de etiquetas. Ya no se discute lo que dices, sino lo que supuestamente eres.
Es, por decirlo de alguna manera, una estrategia fácil de detectar.
Si planteas una reflexión sobre la igualdad entre hombres y mujeres desde un punto de vista crítico, la respuesta ya no suele ser un contraargumento, sino una acusación directa: eres misógino.
Si intentas introducir matices en cuestiones relacionadas con la orientación sexual o el modelo de familia, automáticamente pasas a ser homófobo.
Si mencionas problemas sociales relacionados con la inmigración o la integración cultural, la etiqueta aparece casi de forma automática: racista.
Y ya si te atreves a cuestionar determinadas políticas medioambientales, aunque sea desde una perspectiva técnica o económica, el calificativo que inmediatamente se te endosa es el de negacionista.