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153. Noticias semanales
Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 24 segundos
Hoy comenzamos una nueva sección de noticias semanales en la que os iré contando lo más destacado, a mi juicio, de la actualidad tecnológica.
La carrera por gobernar nuestros teléfonos móviles acaba de pisar el acelerador con un cruce de estrategias bastante inesperado. Mientras Google mueve ficha integrando su inteligencia artificial Gemini de forma nativa en los terminales para permitir órdenes de voz mucho más fluidas, Apple prepara su propia respuesta. Todo apunta a que su próxima conferencia de desarrolladores servirá para presentar una versión de Siri capaz de comprender el contexto de las conversaciones, dejando atrás su papel de simple ejecutora de comandos básicos. Lo más llamativo de esta competición es el fuerte rumor sobre una posible colaboración técnica entre ambas marcas para desarrollar el cerebro de este nuevo asistente. Nada nuevo, se trata de una relación de conveniencia viene de lejos: aunque compiten duramente en la venta de equipos, Google abona a la compañía de la manzana hasta veinte mil millones de euros anuales para mantenerse como el buscador por defecto en el navegador Safari.
En el terreno del hardware también hay movimientos muy prácticos. El concepto de ordenador ligero evoluciona con la llegada de los nuevos Googlebooks, unos equipos que toman el relevo de los conocidos Chromebooks. La novedad de estas máquinas reside en su diseño funcional, ya que incorporan herramientas desarrolladas junto a la división DeepMind, como un puntero inteligente capaz de analizar lo que ocurre en la pantalla para sugerir acciones inmediatas al usuario. Todo este volumen de procesamiento requerirá conexiones a internet mucho más veloces, un obstáculo que ya empieza a superarse con las primeras pruebas de las redes wifi de sexta generación, diseñadas para operar directamente con algoritmos predictivos.
Sin embargo, ceder tanto poder de decisión al código informático tiene un lado oscuro que preocupa a los especialistas en seguridad. La firma de análisis Palisade Research ha dado la voz de alarma al detectar que los delincuentes informáticos están utilizando estos mismos sistemas automatizados para rastrear redes corporativas. El peligro real ya no es que encuentren fallos en las defensas, sino que estos programas son capaces de escribir su propio código de ataque de forma autónoma, sin necesidad de que una persona intervenga. Mientras las empresas occidentales intentan tapar estas brechas, el tablero internacional se tensa con el empuje de la plataforma asiática DeepSeek, que acaba de lanzar nuevas funciones para disputarle el control a Estados Unidos en un mercado donde el líder cambia casi cada semana.
152. Ya podemos pagar con Bizum en las tiendas físicas
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El gesto de rebuscar monedas sueltas en el bolsillo o comprobar si llevamos la tarjeta encima está más cerca de tener los días contados. Hasta el momento, el uso de ciertas aplicaciones financieras en el móvil se limitaba a enviar dinero a un familiar o dividir los gastos de una cena. Sin embargo, sistemas de pago muy arraigados en España, como Bizum, acaban de habilitar una función muy práctica: la posibilidad de abonar las compras directamente en los datáfonos de las tiendas físicas.
El mecanismo para usar esta novedad resulta bastante familiar para quienes ya emplean herramientas como Apple Pay o Google Wallet. Su funcionamiento se basa en la tecnología de comunicación de campo cercano, más conocida por las siglas NFC. El proceso es directo: basta con desbloquear el teléfono y acercarlo al terminal del comercio para que la compra se registre en pocos segundos. Más allá de la comodidad, este paso tiene un peso geopolítico destacable. Al impulsar un método de pago propio, Europa consigue reducir su dependencia histórica de operadores estadounidenses como Visa o Mastercard, un detalle nada menor ante el actual panorama político al otro lado del océano.
Si analizamos la seguridad técnica, encontramos detalles que conviene tener en cuenta. En el lado positivo, es un método bastante privado. Al prescindir de la numeración impresa de las tarjetas de plástico y vincularse directamente a la cuenta del banco, el riesgo de sufrir una clonación de datos financieros se reduce bastante. El obstáculo principal reside en la inmediatez del cobro. El dinero sale de la cuenta en el mismo instante de la compra, operando en la práctica como una transferencia bancaria. Esto supone una desventaja frente a las tarjetas de crédito tradicionales, que disponen de mecanismos mucho más maduros para gestionar cobros duplicados, devoluciones y reclamaciones de clientes.
A esta falta de rodaje en las garantías hay que sumar que estas plataformas ya son un canal habitual para que los estafadores envíen mensajes falsos. Por esta razón, los especialistas aconsejan afrontar estos primeros meses con precaución. La recomendación técnica pasa por activar las notificaciones bancarias y revisar cada movimiento. Quien prefiera esperar a que los protocolos de protección se pulan, siempre puede optar por el plástico convencional.
151. ¿Que hace la IA con los archivos que les subimos?
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La fiebre por delegar las horas de lectura y trabajo a una máquina (casi) infalible esconde una letra pequeña que casi nadie se detiene a leer. Durante los últimos meses, la herramienta de Google NotebookLM ha revolucionado la forma en que los internautas procesan enormes volúmenes de información. Este asistente de investigación se desmarca de otras alternativas del mercado por un motivo fundamental: no inventa absolutamente nada. El usuario sube sus propios documentos y el programa trabaja de forma exclusiva con ese material, creando desde resúmenes detallados hasta conversaciones automáticas con formato de podcast. Al basarse únicamente en fuentes reales aportadas por el propio usuario, el riesgo de que el software alucine o se equivoque desaparece por completo, motivo por el cual miles de profesionales han comenzado a utilizarlo a diario.
Como ocurre con la inmensa mayoría de los servicios exitosos de la red, el acceso a esta plataforma es totalmente gratuito, lo que irremediablemente lleva a la eterna norma no escrita del entorno digital que dicta que, cuando el producto es gratis, el producto eres tú. El peligro surge cuando las personas, confiadas por la fiabilidad del sistema, deciden subir contratos privados o informes corporativos de alta sensibilidad. Oficialmente, la multinacional asegura que cada proyecto es una sala virtual hermética donde los datos jamás se cruzan con los de otros individuos. Sin embargo, existe una trampa operativa perfectamente camuflada en la interfaz gráfica.
Este riesgo de privacidad se activa al pulsar los inofensivos botones con forma de pulgar hacia arriba o hacia abajo que aparecen bajo cada respuesta generada. Al interactuar con estos elementos para valorar el trabajo de la máquina, el escudo de privacidad se resquebraja. En ese instante, se otorga permiso para que un equipo de revisores humanos pueda leer los documentos originales y almacenar esa información concreta durante tres largos años con el objetivo de entrenar algoritmos futuros.
Para evitar que miradas indiscretas acaben leyendo secretos empresariales, la solución técnica más sencilla requiere pura disciplina, evitando a toda costa utilizar esos marcadores de valoración. Si el texto devuelto no es satisfactorio, resulta infinitamente más seguro reformular las instrucciones de forma manual. La otra alternativa capaz de garantizar una privacidad absoluta pasa por acceder a través de cuentas de correo corporativas o educativas, un entorno blindado y de pago que prohíbe explícitamente el fisgoneo humano. Como ligero consuelo legal frente a este laberinto de condiciones, la compañía no reclama ningún derecho sobre el material final, por lo que todo el contenido generado pertenece siempre a quien lo solicita, demostrando que es posible aprovechar esta tecnología siempre que se aprenda a sortear sus trampas.
150. Según Bill Gates, las IA’s y los robots tendrán que pagar impuestos
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La inminente llegada de la automatización masiva a nuestros puestos de trabajo plantea un enigma financiero que va mucho más allá de la simple ciencia ficción. Mientras las máquinas asumen tareas cada vez más complejas, instituciones globales como el Fondo Monetario Internacional ya calculan que el cuarenta por ciento de los empleos actuales se encuentra en riesgo de desaparición. Voces sumamente influyentes en el desarrollo tecnológico, como Elon Musk o Sam Altman, han manifestado abiertamente que el desplazamiento de trabajadores de clase media y del sector administrativo resulta inevitable a corto plazo. Sin embargo, al observar cómo un programa informático o un ente mecánico sustituye a una persona, surge una pregunta estructural crítica para la supervivencia de nuestra sociedad: ¿quién pagará los impuestos de ese trabajador desplazado?
Para entender la magnitud de este vacío económico de forma didáctica, hay que recordar que la maquinaria del estado del bienestar funciona fundamentalmente gracias a las aportaciones periódicas vinculadas a las nóminas ciudadanas. Si las oficinas se vacían de humanos y son ocupadas por algoritmos, la recaudación fiscal se desploma de forma instantánea. Sin esos ingresos, los cimientos de los servicios públicos, los subsidios sociales, la sanidad y el sistema de pensiones, entre otros elementos del estado del bienestar, acabarían colapsando irremediablemente. Ante esta amenaza financiera, el creador de Microsoft, Bill Gates, ha lanzado una propuesta radical pero estrictamente necesaria: los robots y las plataformas de inteligencia artificial deben comenzar a pagar sus propios impuestos.
La lógica detrás de esta medida no pretende frenar el valioso avance informático, sino redistribuir equitativamente la inmensa riqueza que genera la automatización. Gates sostiene que las corporaciones que integren inteligencia artificial deben asumir el coste social que provoca su tecnología, garantizando así la subsistencia económica de los ciudadanos reemplazados. Según su visión técnica, esta compleja transición tributaria resulta sumamente urgente y los gobiernos disponen de apenas cinco años para reescribir sus reglas fiscales antes de enfrentarse a un desastre irreversible. A esta presión operativa se suma la fragilidad oculta de la propia industria, ya que muchos de estos nuevos negocios tecnológicos podrían quebrar pronto, replicando la peligrosa burbuja informática de los años noventa y arrastrando consigo los últimos resquicios de estabilidad financiera mundial.
149. Las canciones hechas con IA inundan Spotify, y eso no es bueno
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Spotify y el resto de plataformas de streaming se enfrentan a una invasión silenciosa que amenaza con arruinar a los creadores de carne y hueso al sufriendo una avalancha de canciones generadas íntegramente por inteligencia artificial. Este fenómeno va mucho más allá de una simple anécdota sobre la calidad artística, ya que representa un grave agujero económico para los verdaderos cantantes. Para comprender este impacto, es necesario entender cómo funciona la arquitectura de pagos en este sector. Las plataformas no pagan un precio fijo por pista, sino que utilizan un modelo proporcional: reúnen todo el dinero disponible y lo dividen entre el número total de escuchas. Si el catálogo se inunda repentinamente con millones de audios artificiales que acumulan reproducciones masivas, la porción de los ingresos destinada al talento humano se reduce de forma drástica.
El fraude técnico es tan fascinante como destructivo. Los estafadores no esperan a que el público escuche sus obras sintéticas de forma voluntaria. En su lugar, diseñan programas informáticos automatizados, conocidos como bots, que reproducen estas canciones sin descanso. El caso más sonado ha sido protagonizado por el empresario estadounidense Michael Smith, quien aprovechó este fallo estructural para amasar una verdadera fortuna. Utilizando la herramienta Suno, generó cientos de miles de pistas. Posteriormente, desplegó un ejército de bots que acumularon mil millones de reproducciones sin tener un solo oyente real. Esta asombrosa trampa le permitió ganar más de diez millones de dólares, convirtiéndose en el primer procesado penalmente por fraude musical en su país.
Ante esta amenaza financiera, la industria tecnológica ha comenzado a implementar barreras de contención. Spotify ha eliminado millones de estas composiciones fraudulentas y explora sellos de verificación, mientras que Apple Music intenta detectar el origen del audio y Deezer penaliza los beneficios del código informático. Sin embargo, el filtro actual resulta todavía muy rudimentario. El debate técnico y moral plantea un desafío mayúsculo: enseñar a los sistemas a distinguir cuándo la tecnología es una simple ayuda creativa y cuándo es un engaño diseñado para silenciar el arte humano y saquear las arcas digitales.