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Durante muchos años nos dijeron que el mundo había cambiado, que el derecho internacional, las instituciones multilaterales y la cooperación entre estados habían sustituido a la vieja política de las grandes potencias y también que la soberanía de los países era inviolable y que las guerras de conquista pertenecían al pasado, pero basta observar lo que está ocurriendo en los últimos años para sospechar que ese mundo quizá nunca llegó a existir del todo.
Durante la Guerra Fría, el planeta se organizaba en torno a grandes alianzas. Dos bloques enfrentados —el liderado por Estados Unidos y el encabezado por la Unión Soviética— competían por influencia política, militar e ideológica. El paradigma era que cada uno protegía a sus aliados y trataba de ampliar su esfera de poder basándose en la lógica oficial de las alianzas; en definitiva, países que cooperaban para defenderse mutuamente.
Hoy parece que esa coherencia está siendo sustituida por otra más antigua y más cruda: la de las zonas de influencia.
En este nuevo escenario, las grandes potencias no necesitan justificar sus movimientos en términos de alianzas o valores compartidos, les basta con considerar que determinados territorios forman parte de su área estratégica.
Rusia lo ha dejado claro con Ucrania. Desde la perspectiva del Kremlin, ese país no es simplemente un vecino independiente, sino una pieza fundamental de su espacio geopolítico, de tal forma que la invasión de 2022 no se entiende únicamente como un conflicto territorial, sino como un intento de reafirmar una esfera de influencia que Moscú considera propia.
Pero lo llamativo en este nuevo teatro de operaciones geopolítico no es solo la actuación de Rusia, sino la reacción del resto del mundo. Las sanciones y las condenas han sido contundentes, pero nadie parece dispuesto a llegar hasta el extremo de un enfrentamiento directo entre potencias nucleares. En otras palabras: existe un límite implícito a la intervención cuando entran en juego las zonas de influencia de una gran potencia y ese mismo patrón se observa en otros lugares del planeta.
América Latina, por ejemplo, ha sido durante más de un siglo una región donde Estados Unidos ha ejercido una influencia determinante. La llamada Doctrina Monroe, formulada en el siglo XIX, ya establecía que el continente americano era una esfera de interés prioritario para Washington y aunque el lenguaje diplomático haya cambiado, la lógica de fondo sigue presente.
En Oriente Medio ocurre algo parecido. Las tensiones entre Israel e Irán, con la implicación directa o indirecta de Estados Unidos, reflejan también una pugna por el control estratégico de la región y todo esto sugiere que el mundo está entrando en una etapa diferente: un sistema multipolar en el que varias potencias compiten por consolidar sus propias áreas de influencia.
La historia, sin embargo, ofrece una advertencia poco tranquilizadora. Los sistemas basados en esferas de influencia fueron comunes en el siglo XIX y principios del XX y ese modelo no condujo precisamente a una era de estabilidad duradera así que, tal vez la pregunta más incómoda sea esta: ¿estamos realmente ante un “nuevo orden mundial”, o simplemente ante el regreso de una forma muy antigua de hacer política internacional?; porque cuando las grandes potencias vuelven a repartirse el mapa, la soberanía de los países más pequeños suele convertirse en una variable secundaria.
Y eso, históricamente, rara vez ha terminado bien.