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Chernobyl

Chernobyl

Reconozco que no soy mucho de seguir la corriente a quienes encumbran una película o serie de televisión a las primeras de cambio, al contrario, suelo recelar de aquellas que me llegan bajo el calificativo de la mejor de…, pero admito que con Chernobyl he hecho una excepción y me alegro de ello.

Es más, me sumo a quienes dicen que es una gran obra porque constituye un relato excepcional no ya solo de los hechos sucedidos en la central nuclear ucraniana, sino porque, sin anticipar acontecimientos ni finales (los modernos ahora lo llaman spoiler), explica a la percepción cómo y por qué acabo sucediendo la mayor catástrofe nuclear de la historia. Seguir leyendo

Los ofendiditos

ofendiditos

Como llevamos mucho tiempo viendo, probablemente demasiado, el comportamiento de los independentistas catalanes es un claro ejemplo de quien tiene la piel ya no fina, sino transparente.

Quienes seguimos más o menos de cerca el juicio que, a consecuencia del mal llamado proceso independentista catalán, se está celebrando en el Tribunal Supremo a los instigadores de los aciagos hechos del 1 de octubre de 2017 (1-O para los amigos y adeptos a la causa), estamos comprobando como todo lo relacionado con este sarao disparatado que, dicho sea de paso, pagamos entre todos (el proceso, no el juicio, que también) muestra hasta qué punto quienes no creen en la democracia pueden valerse de ella y asirse a sus principios con descomunal fuerza para menoscabarla y zaherirla hasta destruirla completamente. Seguir leyendo

Oclocracia

La palabrita se las trae, el término tiene bemoles y la forma en la que lo descubrí, una de esas curiosas anécdotas que uno se lleva con agrado de este valle de lágrimas.

Reconozco que no la conocía, y tuvo que ser mi buen amigo Antonio Torres, del que guardo el mejor de los recuerdos y a quién dedico estas palabras, quien, de repente, me la descubrió entre plato y plato de una agradable comida hace ya algunos años.

Dediqué el resto de la tarde a leer sobre ella. Seguir leyendo

La falacia del historiador

A toro pasado es muy fácil ser historiador, eso es un hecho y es básicamente lo que viene a decir tan aparatoso término con el cual venimos a demostrar lo bien que lo habríamos hecho (nosotros) caso de tener que decidir en cualquier trance (pasado, eso si) que ahora enjuiciamos.

Nosotros lo habríamos hecho todo indudablemente mejor que quienes nos precedieron y tuvieron que tomar las decisiones, aunque sólo sea por el hecho de que, a la luz de la historia, tomar decisiones se revela un juego infantil en el que todos solemos tomar parte.

Es algo irresistible para los españoles y, tal y como se ha visto esta semana, para muchos foráneos que, a falta de mejores cosas para tapar sus vergüenzas patrias, se dedican a enmendar la plana a nuestros antepasados haciéndonos responsables a nosotros de sucesos y acontecimientos que forman parte de una historia al parecer tan inalterable como modificable.

Paradojas.

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El complot

EL COMPLOT

 

Asiduo lector como soy a las excelentes «ficciones históricas» de Santiago Posteguillo y su inigualable manera de relatar los sucesos y avatares del siempre fascinante imperio romano, las declaración ante el Tribunal Supremo del mayor de los Mossos, José Luis Trapero, en relación con los sucesos relacionados con su gestión en los días del prusés, aquellos de la república sí, pero no, pero luego, pero adiós, en la que relata que tenían preparada la detención del presidente y todo su gobierno tras la proclamación de la república catalana, me han dejado perplejo, pero solo por un instante, lo reconozco.

Al oír la noticia me he sorprendido a mí mismo imaginando un remedo de complot pretoriano en el seno de tan controvertido cuerpo policial para detener, después de una declaración unilateral de independencia que no fue, al fugado Puigdemont, a la sazón presidente de la Generalidad catalana.

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Las armas del siglo XXI

 

manifestación

 

Yo soy mucho de pelis de romanos, lo reconozco.

Desde siempre he sentido predilección por este género cinematográfico en el que no sólo ha influido la épica del cine, a menudo reñida con la realidad histórica, sino la admiración que me despierta la organización del ejército romano, precursor de técnicas y tácticas que —algunas—aún perduran en nuestras modernas milicias.

Correlativa a esta admiración, por razones de contemporaneidad, lo es también mi inclinación por el género bélico actual, desde la Segunda Guerra Mundial hasta las actuales contiendas y escaramuzas en Oriente Medio, con la amenaza islamista en constante confrontación con occidente y el resto del mundo.

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El mono y la banana

mono y banana

En algún lugar leí, tiempo atrás, que los pigmeos centroafricanos, utilizaban una curiosa técnica para cazar monos, animal escurridizo y difícil de atrapar al cual, sin embargo, esta raza conseguía apresar utilizando la astucia con la que vienen supliendo con creces su escasa estatura.

La estratagema consiste en fabricar una pequeña jaula con barrotes de madera muy juntos entre sí y colocar dentro una banana al alcance de la mano del primate de manera que, al verla, el mono introduzca su mano dentro de la jaula para hacerse con aquella.

Hasta ahí todo bien para el mono.

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Libertad de expresión

Libertad de expresión

La libertad de expresión, como todos los derechos fundamentales no es un derecho absoluto, es algo que cabe recordar porque, aunque parezca obvio y por mucho que a veces se nos llene la boca con el adjetivo ­—fundamental—en ningún caso puede entenderse como una facultad de libre e incondicional disposición por nuestra parte.

Antes al contrario, incluso aquellos que, a priori, pudieran parecer más absolutos como el derecho a la vida, no lo son, por cuanto nadie puede disponer de la vida de otro, como es natural.

En general, cualquier derecho tiene su límite en la colisión con el resto, de tal manera que su ejercicio será lícito y cabal en tanto en cuanto no se contraponga a algún otro, más aún si su práctica colisiona frontalmente con aquél.

Puede parecer evidente, pero, a la vista de los acontecimientos recientes que afectan a la libertad de expresión y de cómo sectores interesados de la sociedad los están interpretando, parece ser que no lo es tanto.

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Al final, siempre la Guardia Civil

Guardia Civil

El desenlace del caso Diana Quer ha vuelto a poner de manifiesto la dinámica social de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir y cómo cada uno de los actores que la forman maneja o manipula su materia prima según su leal saber o entender, que dirían los clásicos.

Al caso no le han faltado actores, investigadores, jueces, periodistas, periódicos y medios en general, opinadores, tertulianos, médiums y gente de todo tipo y condición, cada cual jugando sus cartas y arrimando el ascua a su sardina.

El ruido, en forma de —desinformada—opinión no ha faltado. Cohortes de medios alimentados con el atronador murmullo de internet se han hartado de soltar sandeces sobre el tema. La malograda Diana estaba huida, enfadada con sus padres, con la sociedad, era de natural voluble y reacciones impredecibles, todo sea dicho con el debido respeto a quién ya nos ha dejado para siempre. Su familia era una mezcla de gente rica con graves problemas de naturaleza difusa, una especie de Falcon Crest pero sin viñedos ni tanta laca y todo el entorno familiar se vio rodeado, sin serlo realmente, de un halo de pérfido misterio que, en ocasiones llegaba incluso a bordear la autoría o complicidad de unos hechos de los que está claro que no tuvieron nada que ver. Sólo faltaba.

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