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Chernobyl

Chernobyl

Reconozco que no soy mucho de seguir la corriente a quienes encumbran una película o serie de televisión a las primeras de cambio, al contrario, suelo recelar de aquellas que me llegan bajo el calificativo de la mejor de…, pero admito que con Chernobyl he hecho una excepción y me alegro de ello.

Es más, me sumo a quienes dicen que es una gran obra porque constituye un relato excepcional no ya solo de los hechos sucedidos en la central nuclear ucraniana, sino porque, sin anticipar acontecimientos ni finales (los modernos ahora lo llaman spoiler), explica a la percepción cómo y por qué acabo sucediendo la mayor catástrofe nuclear de la historia. Seguir leyendo

La falacia del historiador

A toro pasado es muy fácil ser historiador, eso es un hecho y es básicamente lo que viene a decir tan aparatoso término con el cual venimos a demostrar lo bien que lo habríamos hecho (nosotros) caso de tener que decidir en cualquier trance (pasado, eso si) que ahora enjuiciamos.

Nosotros lo habríamos hecho todo indudablemente mejor que quienes nos precedieron y tuvieron que tomar las decisiones, aunque sólo sea por el hecho de que, a la luz de la historia, tomar decisiones se revela un juego infantil en el que todos solemos tomar parte.

Es algo irresistible para los españoles y, tal y como se ha visto esta semana, para muchos foráneos que, a falta de mejores cosas para tapar sus vergüenzas patrias, se dedican a enmendar la plana a nuestros antepasados haciéndonos responsables a nosotros de sucesos y acontecimientos que forman parte de una historia al parecer tan inalterable como modificable.

Paradojas.

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Monarquías Comunistas.

MONARQUIAS COMUNISTAS

La Monarquía es un rollo, hay que reconocerlo.

Una sucesión hereditaria en un cargo vitalicio al que sólo puede aspirar un descendiente, por razón de sangre y además varón, encima es un rollo machista, oiga.

Eso a la fuerza debe ser malo, ¿no?, no sé, como una enfermedad o un mal hábito que, por tan infausto motivo, hay que desterrar de nuestra sociedad, de nuestro planeta y del universo, ya puestos.

Y no será porque el ala progresista de nuestra avanzada sociedad no nos deja pistas por doquier de cómo puede revertirse esta pérfida forma de jefatura estatal, con el continuo llamamiento al ejemplo de países y sociedades más inteligentes y avanzadas que la nuestra, aunque sólo sea porque sus formas de gobierno no son una sucesión sanguínea sin el menor atisbo meritocrático y un ejemplo de aplicación de los sacrosantos principios de igualdad, mérito, capacidad y -añado- sexualidad.

Los países comunistas, por ejemplo.

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