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Progresismo

Progreso. ¿Quién puede declararse abiertamente en contra del progreso? No sólo el diccionario de la RAE deja meridianamente claro que se trata de la acción de ir hacia adelante, del avance, el adelanto y el perfeccionamiento, sino que, a poco que uno indague en sí mismo y a su alrededor, pronto se dará cuenta de que es algo imposible por mucho que se empeñe en ello. 

No se puede detener el progreso porque es algo inherente y consustancial a las sociedades humanas que continuamente cambian y experimentan transformaciones, siempre hacia adelante. 

Es como intentar vaciar el mar con las manos o poner puertas al campo, es imposible. O quizá no.

Y digo que puede que no porque en esta sociedad en la que se entrecruzan y se mezclan el relato y la idiocia, tanto la política patria como la foránea van apareciendo quienes, mezclando conceptos difusos y amigables, han conseguido crear de la nada un modelo de espécimen humano que no solo niega el progreso, sino que se muestra abiertamente en su contra. 

La izquierda planetaria, fundamentalmente la ubicada en el continente europeo y más recientemente en el norteamericano, siempre empeñada en mantener dos bandos permanentemente en lucha, hace tiempo que se dio cuenta de que sus idearios y planteamientos estaban agotados; que la vaca no daba más de sí y que la lucha de clases, la del proletariado, la secular batalla entre ricos y pobres y otros postulados que mantenían el avispero permanentemente en danza se había sobrepasado hace décadas y que la revolución industrial, con sus movimientos sindicales quedaba ya tan lejana como desfasada. 

Tocaba por lo tanto innovar, reinventarse, buscar nuevas fuentes de conflicto entre grupos y estratos humanos que diera sentido a una lucha tan irreal y ficticia como lo anterior, pero más extensa, intensa y sobre todo más productiva. 

Como expertos manejadores del marketing y del agitprop, los pensadores de izquierdas han visto en conceptos tan confusos como la lucha de sexos y la ecología nuevos frentes de batalla en los que sembrar una discordia que sirviesen de germen para futuros enfrentamientos sociales que, con un poco de suerte, les proporcione una mamandurria que les permitan tirar unos cuantos siglos más viviendo del cuento. 

Para ello, lo primero es comenzar por lo estético, fundamental para convencer a una grey poco dada a profundizaciones ideológicas. Se acabó aquello del comunismo, tan antipático para muchos y del socialismo, tan esquivo para otros. Hay que buscar un término que encabece el relato y sea lo suficientemente amigable y prometedor como para conseguir embaucar a la masa borreguil proporcionándoles, al mismo tiempo, un horizonte de esperanza y felicidad.  

Pro-gre-sis-mo. 

Esa es la palabra clave, esa es la panacea nominativa que nos hará pasar por buenos y modernos, pero no de cualquier manera, modernos ecosostenibles y con perspectiva de género, adornos necesarios sin los cuales el término queda irremediablemente escaso de contenido. 

Ea, pues ya lo tenemos, hemos creado el progresista modélico, el que ansía el progreso a base de crear un relato social basado en la ecología, la sostenibilidad y la perspectiva de género. De ahí ya cada cual coge el pedazo que le interesa y a seguir adelante. 

Pero claro, hemos comentado que la ideología zurda se fundamenta en el enfrentamiento perpetuo y no podemos transformar una sociedad de consenso yendo en armonía todos a una. No, esa no es la vía. Es necesario un enemigo de todos esos postulados vacíos y difusos que acabamos de estrenar para reafirmarnos en ellos no a base de avanzar en los conceptos (recordemos, ecología y perspectiva de género), sino de contraponerlos con una parte de la sociedad a los que vamos a tachar de retrógrados por el simple hecho de no comulgar con nuestras ruedas de molino, ergo, por no ser progresistas, es decir, por no ser de izquierdas. Como siempre, será esa confrontación y no el peso específico de los conceptos será la que los dote de valor. 

La cuestión tiene fácil solución. ¿Quiénes van a ser esos reaccionarios enfrentados con nuestros recién estrenados valores a los que necesitamos para mantener la batalla de fondo?, pues a los antagonistas de la izquierda, a la derecha. 

Teniendo claro el silogismo tradicional de la izquierda (estos son mis valores-mis valores son los buenos-si no estás de acuerdo entonces estás en mi contra) el panorama se aclara definitivamente. 

Tenemos una parte de la sociedad empeñada en construir e imponer un relato en el que la vieja ideología socialcomunista pasa a denominarse progresista, el concepto de lucha de clases se reemplaza por el de ecologismo con perspectiva de género y dotamos de valor de ley a la sempiterna premisa de que, quien no esté de acuerdo con estos nuevos mantras está indefectiblemente en contra y es el nuevo enemigo. 

Sencillo, aunque no inmediato y ahí reside parte del truco. Las sociedades avanzan, progresan, aunque no siempre hacia adelante, en ocasiones, como la que vivimos ahora el avance es hacia atrás. La trampa está en simular el retroceso social y la imposición de derechos que conllevan pérdida de libertades haciéndolo poco a poco, lentamente, mientras se machacan mentes y voluntades para imponer finalmente un relato comúnmente aceptado por muchos que, aunque no sean mayoría, sean capaces de imponerlo al resto que acabaran convertidos en una especie de enemigo público al que, como primera providencia, hay que tachar de carca y ultra, apartándolo del recto pensamiento impuesto y relegándolo poco menos que a una caricatura social al que hay que aceptar más o menos displicentemente, retirándole razón y palabra para no molestar al resto del rebaño cuando sea necesario. 

A los convencidos de que esto es el progreso.

Foto: Creación propia a partir de parámetros aportados a la herramienta de inteligencia artificial DALL-E de Open-AI

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