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La falacia del historiador

A toro pasado es muy fácil ser historiador, eso es un hecho y es básicamente lo que viene a decir tan aparatoso término con el cual venimos a demostrar lo bien que lo habríamos hecho (nosotros) caso de tener que decidir en cualquier trance (pasado, eso si) que ahora enjuiciamos.

Nosotros lo habríamos hecho todo indudablemente mejor que quienes nos precedieron y tuvieron que tomar las decisiones, aunque sólo sea por el hecho de que, a la luz de la historia, tomar decisiones se revela un juego infantil en el que todos solemos tomar parte.

Es algo irresistible para los españoles y, tal y como se ha visto esta semana, para muchos foráneos que, a falta de mejores cosas para tapar sus vergüenzas patrias, se dedican a enmendar la plana a nuestros antepasados haciéndonos responsables a nosotros de sucesos y acontecimientos que forman parte de una historia al parecer tan inalterable como modificable.

Paradojas.

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Firmes

Firmes

Firmes, en esa castrense posición aguantaron los militares que habían acudido a mostrar su oferta formativaal Salón de la enseñanza de Barcelona el bochornoso espectáculo de una treintena de mermados que ese día habían decidido sacar el disfraz y la pose de antimilitaristas de su fondo de armario para dar la nota.

Dignos y discretos, sin hablar, sin opinar, sin contestar a unas provocaciones tan hilarantes y grotescas como los personajes que las proferían. Firmes.

En su línea, con la gallardía y determinación marcada en el semblante, sin ceder un paso ante los insultos o a quienes se degradan profiriéndolos. Firmes.

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El complot

EL COMPLOT

 

Asiduo lector como soy a las excelentes «ficciones históricas» de Santiago Posteguillo y su inigualable manera de relatar los sucesos y avatares del siempre fascinante imperio romano, las declaración ante el Tribunal Supremo del mayor de los Mossos, José Luis Trapero, en relación con los sucesos relacionados con su gestión en los días del prusés, aquellos de la república sí, pero no, pero luego, pero adiós, en la que relata que tenían preparada la detención del presidente y todo su gobierno tras la proclamación de la república catalana, me han dejado perplejo, pero solo por un instante, lo reconozco.

Al oír la noticia me he sorprendido a mí mismo imaginando un remedo de complot pretoriano en el seno de tan controvertido cuerpo policial para detener, después de una declaración unilateral de independencia que no fue, al fugado Puigdemont, a la sazón presidente de la Generalidad catalana.

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