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09.mar.2026
Hoy no voy a hablar de actualidad, ni de dispositivos. Hoy necesito hablar del dolor y del peso de un silencio que ha inundado mi casa. Si habéis notado mi ausencia durante las últimas semanas, se debe a una pérdida que me ha roto por dentro. El pasado 14 de febrero se nos fue nuestro querido Duncan, nuestro Golden Retriever, nuestro amigo, nuestro compañero, nuestro hijo. Llegó a nuestras vidas a finales de junio de 2016 y, desde el primer momento, nos regaló toda su lealtad, alegría y un amor infinito, convirtiéndose en el centro de nuestras rutinas.
Todo fue dolorosamente rápido. Aunque ya tenía algunos achaques propios de la edad como la displasia de cadera, a principios de mes Duncan dejó de comer y rechazó esas «chuches» que tanto le apasionaban. Esa fue la gran señal de alarma. El diagnóstico de la veterinaria nos golpeó con una realidad cruel: tumores en el bazo y el hígado. En menos de una semana vimos cómo su vitalidad se apagaba, hasta que, en el día de los enamorados, tuve que abrazarlo por última vez, igual que hice aquel primer día cuando era solo un cachorro de apenas dos meses. Quien ha compartido su vida con un animal sabe que este duelo es profundamente real; pierdes una presencia constante, alguien que no juzga, que no interrumpe, que simplemente está ahí para darte un cariño incondicional.
Ahora, lo más difícil es enfrentarme al día siguiente. Abrir la puerta y que no esté esperando, ver su cuenco vacío, salir a la calle y no llevar su correa. El silencio de la casa se ha vuelto ensordecedor. Y con ese enorme vacío llega también la culpa inevitable, esa voz que te pregunta si hiciste todo lo posible, si tomaste las decisiones correctas. Pero intento aferrarme al hecho de que le dimos una vida preciosa, llena de cuidados, baños en el mar, piscinas y cariño hasta su último suspiro.
Duncan me enseñó a vivir de otra manera, a no guardar rencor, a disfrutar de las cosas pequeñas y a celebrar un simple paseo como si fuera un acontecimiento histórico. Incluso este mismo proyecto existe gracias a él; fue durante nuestras largas caminatas juntos cuando, buscando alternativas a la radio, descubrí el mundo de los podcasts y decidí empezar a grabar el mío propio. Hoy, mi único consuelo es imaginarlo corriendo libre por sus prados favoritos y nadando feliz en las acequias, mientras le doy las gracias de corazón por haber estado en mi vida. Gracias por todo, mi perro, mi amigo, mi hijo.