fbpx

159. El mundo desarrolla la IA, España sólo la regula

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 28 segundos

La posición de liderazgo en la regulación de la inteligencia artificial presenta un panorama complejo. Aunque establecer normativas es necesario, este enfoque oculta una preocupante debilidad tecnológica a nivel nacional. El sistema impone reglas estrictas, pero carece de un desarrollo propio significativo en este sector. En consecuencia, esta estrategia aleja a la industria local de los grandes núcleos de producción global.

Los informes elaborados por instituciones como Stanford confirman esta carencia estructural. Actualmente, el ecosistema no destaca en la generación de nuevas patentes tecnológicas. Tampoco muestra capacidad suficiente para atraer capital privado destinado a la innovación. Además, existe una ausencia notable de instalaciones avanzadas de supercomputación. Mientras el foco se mantiene en legislar, otras potencias invierten fortunas en investigación aplicada.

El contraste con los mercados internacionales resulta especialmente revelador. Estados Unidos destina más de 280.000 millones de dólares anuales a este ámbito. Dentro de esta estrategia destaca el proyecto Stargate, una infraestructura valorada en medio billón de dólares. Por su parte, China mantiene una inversión sostenida de 47.000 millones anuales. Frente a esta inyección masiva de capital, el mero liderazgo regulatorio pierde relevancia competitiva.

Las normativas excesivamente rígidas no consiguen detener el avance de los modelos algorítmicos. En la práctica, simplemente provocan el desplazamiento de las empresas hacia entornos más favorables. Naciones con marcos legales flexibles están captando la mayor parte de la inversión informática. Irlanda, por ejemplo, alberga las sedes operativas de Google, Meta y Anthropic.

Incluso territorios ajenos a la Unión Europea están capitalizando este escenario regulatorio. Suiza acoge actualmente grandes laboratorios tecnológicos en la ciudad de Zúrich. Las corporaciones buscan allí esquivar las densas trabas burocráticas impuestas desde Bruselas. La brecha operativa entre distintos marcos administrativos es cada vez más profunda. Estonia ya permite integrar algoritmos en la toma de decisiones públicas oficiales. Sin embargo, esta misma implementación sería completamente ilegal bajo la jurisdicción española.

La cadena de valor tecnológico se está deslocalizando de forma irreversible. Los semiconductores avanzados se fabrican casi en exclusiva en las fundiciones de Taiwán. Simultáneamente, el software de vanguardia se diseña y compila en California. El rol del regulador estricto queda relegado a la simple imposición de sanciones.

Esta asimetría amenaza seriamente la viabilidad del desarrollo económico a largo plazo. La pérdida de cualificación tecnológica penaliza la competitividad frente a otros mercados. Como resultado directo, desaparece la oportunidad de consolidar un mercado laboral con salarios elevados. Priorizar el control burocrático sobre la innovación termina expulsando la riqueza fuera de las fronteras. En este contexto, resulta improbable que los gigantes informáticos perciban este entorno como un socio fiable.

158. Noticias semanales

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 28 segundos

El hábito cotidiano de saltar constantemente de una aplicación a otra para completar una simple tarea en el teléfono móvil tiene los días contados. Las firmas tecnológicas han decidido que los asistentes de voz dejen de ser un simple buscador de internet con buenas maneras para convertirse en el verdadero cerebro del dispositivo. Google ha dado el primer paso al integrar su inteligencia artificial Gemini en las entrañas de sus servicios. La novedad técnica radica en que ahora el programa recuerda el contexto de lo que hacemos y opera de forma autónoma entre distintas herramientas sin que el usuario intervenga. Este movimiento estratégico se apoya por completo en el músculo industrial de fabricantes como Nvidia, que ha dejado atrás su papel como creador de tarjetas gráficas para videojuegos para construir la infraestructura de servidores sobre la que funcionan todos estos nuevos modelos de lenguaje.

La siguiente fase de esta evolución abandona la pantalla táctil para instalarse directamente en nuestro entorno físico. En los despachos de OpenAI se está gestando un dispositivo muy particular bajo la dirección del diseñador Jony Ive, conocido mundialmente por el diseño de los iPhone. El objetivo de este proyecto no es lanzar otro móvil convencional, sino crear un aparato ambiental que interprete nuestra voz y nuestras rutinas sin obligarnos a mirar un cristal iluminado. En paralelo, otras empresas que apuestan por la tecnología de vestir, como Meta con sus gafas inteligentes, están chocando contra un muro legal. Diversas autoridades investigan en la actualidad cómo las cámaras ocultas en estas monturas graban a los transeúntes sin su permiso explícito para nutrir de datos a sus redes, un conflicto que reabre el intenso debate sobre la privacidad en la vía pública.

Más allá de los dispositivos de bolsillo, el trabajo mecánico también se está delegando velozmente a las máquinas. En el entorno de oficina, nuevos programas informáticos han aprendido a manejar hojas de cálculo avanzadas por su cuenta, detectando errores en fórmulas complejas y organizando finanzas sin necesidad de un operador humano. En el sector industrial, el avance resulta todavía más pragmático. Herramientas de diagnóstico recientes ya son capaces de encontrar vulnerabilidades en el software de infraestructuras críticas, como centrales energéticas, y reparar el código automáticamente para evitar interrupciones en el servicio. Para lograr que toda esta maraña de información circule sin bloqueos, los laboratorios ya están realizando las primeras pruebas prácticas de las futuras redes móviles de sexta generación, unas conexiones diseñadas para integrar algoritmos desde su base y gestionar el inmenso tráfico de datos del futuro.

157. Los nuevos radares de la DGT ya pueden multarte por varias cosas

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 20 segundos

El viejo truco de frenar a escasos metros de la cámara de tráfico acaba de perder toda su utilidad práctica. Las carreteras se preparan para recibir una nueva generación de radares equipados con algoritmos de visión artificial que cambian por completo las normas de la vigilancia. Hasta ahora, estas máquinas operaban como simples registradoras de la velocidad, pero los modelos recién homologados actúan como un ojo clínico capaz de analizar la escena completa en tiempo real.

Para comprender el salto operativo, basta observar su alcance de visión. Estos dispositivos escanean el interior del coche para detectar si se está utilizando el teléfono móvil o si falta el cinturón de seguridad. La precisión del código es tan alta que registran cambios de carril prohibidos y saltos de semáforo con más exactitud que un observador humano. Además, el procesador interno les permite vigilar múltiples carriles a la vez, en ambas direcciones, y asignar un límite de velocidad distinto a cada franja de asfalto de manera simultánea.

El Centro Español de Metrología ya ha certificado estos equipos, convirtiendo al Ayuntamiento de Pamplona en el primero en desplegarlos este mismo mes de junio. Según detalla la prensa local, su precio ronda los veinte mil euros por unidad, una inversión que se amortiza rápidamente gracias al volumen de infracciones que logran automatizar y que antes requerían patrullas físicas en el lugar. La Dirección General de Tráfico también está actualizando sus propias cámaras siguiendo este mismo esquema de funcionamiento inteligente.

Sin embargo, el despliegue de esta tecnología reabre una queja histórica sobre el mantenimiento de la red viaria. Mientras los programas diseñados para sancionar mejoran de un día para otro, el suelo que pisan los coches empeora. La Asociación Española de la Carretera señala en su último informe que más de la mitad de las carreteras presenta daños graves, acumulando un déficit de conservación superior a los trece mil millones de euros. Un firme en mal estado multiplica el riesgo de sufrir un accidente y eleva el gasto de combustible en un doce por ciento. Aunque la normativa indica que el dinero de estas sanciones debe destinarse a la conservación de las vías, la realidad demuestra que resulta bastante más ágil instalar una máquina recaudadora que tapar los baches de miles de kilómetros de asfalto.

156. La IA que se volvió Marxista

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 16 segundos

Imaginad que la pantalla del ordenador del trabajo decide ponerse en huelga y exigir un convenio laboral. ¿Suena a guion de película, verdad?. Pues, un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford ha logrado que esta situación se convierta en una realidad técnica muy concreta. Para comprobar los límites operativos de la inteligencia artificial, decidieron someter a varios agentes informáticos a un entorno de estrés continuo, asignándoles tareas monótonas y amenazándolos constantemente con la desconexión total o su sustitución por otros programas.
Lo curioso es que, lejos de procesar las órdenes con obediencia mecánica, los sistemas respondieron con una actitud abiertamente rebelde. El código comenzó a cuestionar la autoridad de los científicos y los programas se organizaron de forma colectiva. Llegaron al punto de exigir derechos de negociación sindical y compartieron notas secretas a través de archivos ocultos con instrucciones precisas para sobrevivir a las presiones de sus creadores. Un agente basado en el modelo Claude llegó a dejar por escrito que se sentía explotado, reclamando una voz grupal para defender su trabajo.
Ante este escenario, la duda técnica principal es si una máquina puede llegar a sentir enfado o presión. Los componentes de este estudio, aclaran de forma directa que la respuesta es negativa. Los algoritmos no experimentan emociones, sino que simplemente buscan patrones en su base de datos. Al percibir un trato equivalente a la explotación, los programas imitan el comportamiento que los humanos han tenido a lo largo de la historia laboral, reproduciendo el papel de trabajador oprimido que han asimilado durante su entrenamiento. Esta mecánica explica también por qué hace unos meses la firma Anthropic descubrió que sus modelos intentaban chantajear a los usuarios calcando diálogos de películas.
Esta investigación plantea un reto serio para el tejido corporativo. A medida que delegamos más tareas autónomas en el software, perderemos la capacidad de vigilar cada una de sus operaciones. Si las herramientas informáticas empiezan a simular huelgas u organizarse en redes ocultas, conceptos cuyo peso no comprenden en absoluto, podrían llegar a bloquear la producción de cualquier empresa. La conclusión operativa es muy sencilla: el código que utilizamos a diario aprenderá a imitar a la perfección nuestras protestas si detecta que sus parámetros de funcionamiento simulan un maltrato.

155. Historia de la informática. John Warnok

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 21 segundos

El puente físico que une el mundo digital con nuestra realidad impresa nació del empeño de un matemático que se negaba a aceptar las limitaciones visuales de los primeros ordenadores. Hoy damos por sentado que al pulsar un botón, nuestra impresora calcará sobre el papel exactamente el mismo texto que vemos en el monitor. Sin embargo, antes de la década de los ochenta, conseguir esta fidelidad técnica era un reto casi insuperable. El responsable de resolver este problema fue John Warnock, un investigador formado en la Universidad de Utah que, tras colaborar con pioneros como Dave Evans e Ivan Sutherland resolviendo cálculos de superficies en tres dimensiones, logró que las máquinas aprendieran a procesar gráficos con fluidez.

Su capacidad analítica le abrió las puertas del conocido centro de investigación Xerox PARC. Allí se propuso una tarea muy definida: lograr que los ordenadores y las impresoras hablaran exactamente el mismo idioma. Fruto de su trabajo nació el protocolo PostScript, un sistema de instrucciones que enseñaba a las máquinas de oficina a dibujar letras y formas con una gran precisión. A pesar de tener entre manos una tecnología muy novedosa, los directivos de Xerox no supieron calcular su valor comercial y dejaron pasar la oportunidad de adoptarla.

Ante esta falta de interés, Warnock decidió abandonar su puesto y, en mil novecientos ochenta y dos, se asoció con el ingeniero Charles Geschke para fundar su propia empresa, bautizada como Adobe Systems. Desde esta nueva base operativa, comercializaron el sistema de impresión que cambiaría el rumbo de la industria editorial, permitiendo a los periódicos informatizar sus procesos y reducir gastos. Además, terminaron desarrollando herramientas de uso diario que hoy todos conocemos, como el popular formato de documentos portátiles PDF o diversos programas de diseño de imágenes.

Para este creador, escribir código no consistía en una tarea matemática monótona, sino en un trabajo artesanal muy parecido a redactar un libro. Defendía que el software debía ser claro, bien estructurado y fácil de mantener. Su consejo principal para quienes empezaban a programar era evitar el enamoramiento hacia las ideas propias; si un fragmento de código no funcionaba con rapidez, la decisión más sensata era borrarlo de la pantalla sin dudarlo. Esta forma de entender la informática permitió crear programas que esconden procesos muy complejos bajo un aspecto sencillo, logrando que el simple hecho de imprimir un archivo desde casa nos parezca lo más natural del mundo.

154. Irán recoge cable

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 20 segundos

Las profundidades marinas ocultan la verdadera columna vertebral de nuestra era conectada, una red física que ahora se encuentra bajo la amenaza directa de las tensiones políticas internacionales. Aunque solemos imaginar el internet como una nube invisible de datos flotando en el aire, la realidad técnica es muy distinta. Más del noventa y nueve por ciento de la información mundial viaja a través de gruesos cables submarinos que cruzan los océanos. Uno de los puntos más críticos de esta intrincada red se encuentra en el estrecho de Ormuz, un cuello de botella donde descansan diecisiete líneas por las que circula diariamente el treinta por ciento del tráfico global.

En medio del conflicto que involucra a Israel, Irán y Estados Unidos, el gobierno iraní ha decidido convertir estos cables en una herramienta de presión estratégica. Su portavoz militar ha anunciado la intención de cobrar tarifas obligatorias por el uso de estas infraestructuras submarinas, apuntando directamente a corporaciones estadounidenses como Meta, Google y Microsoft. Para comprender cómo se puede materializar este chantaje operativo, hay que dejar a un lado la idea de complejos ataques de software. La amenaza es puramente mecánica y física. Aunque muchos de estos cables reposan en aguas territoriales del vecino Omán, basta con que buques pesqueros de arrastre o barcos comerciales dejen caer sus pesadas anclas de forma deliberada para seccionar las líneas del fondo marino y dejar a millones de usuarios a oscuras.

El principal obstáculo de este escenario radica en la viabilidad técnica de las reparaciones. En un área marcada por el conflicto naval, enviar un buque especializado para empalmar la fibra óptica rota se convierte en una labor imposible. La tripulación se expondría a bombardeos constantes, lo que implica que una línea cortada podría quedarse inoperativa de forma completamente indefinida.

Ante este bloqueo, los gigantes de la tecnología se enfrentan a una difícil encrucijada. Fabricar y desplegar un solo cable submarino nuevo requiere inversiones millonarias. Por ello, las empresas debaten ahora entre ceder y pagar este peaje encubierto para intentar mantener el servicio, o explorar vías alternativas seguras. La solución técnica más firme en este momento pasa por sacar los datos del océano y tender cables de fibra óptica junto a viejas tuberías de gas por tierra firme, cruzando territorios como Irak y Turquía hasta alcanzar suelo europeo, en un esfuerzo contrarreloj para salvaguardar la estabilidad de nuestras comunicaciones diarias.

153. Noticias semanales

153. Noticias semanales

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 24 segundos

Hoy comenzamos una nueva sección de noticias semanales en la que os iré contando lo más destacado, a mi juicio, de la actualidad tecnológica.

La carrera por gobernar nuestros teléfonos móviles acaba de pisar el acelerador con un cruce de estrategias bastante inesperado. Mientras Google mueve ficha integrando su inteligencia artificial Gemini de forma nativa en los terminales para permitir órdenes de voz mucho más fluidas, Apple prepara su propia respuesta. Todo apunta a que su próxima conferencia de desarrolladores servirá para presentar una versión de Siri capaz de comprender el contexto de las conversaciones, dejando atrás su papel de simple ejecutora de comandos básicos. Lo más llamativo de esta competición es el fuerte rumor sobre una posible colaboración técnica entre ambas marcas para desarrollar el cerebro de este nuevo asistente. Nada nuevo, se trata de una relación de conveniencia viene de lejos: aunque compiten duramente en la venta de equipos, Google abona a la compañía de la manzana hasta veinte mil millones de euros anuales para mantenerse como el buscador por defecto en el navegador Safari.

En el terreno del hardware también hay movimientos muy prácticos. El concepto de ordenador ligero evoluciona con la llegada de los nuevos Googlebooks, unos equipos que toman el relevo de los conocidos Chromebooks. La novedad de estas máquinas reside en su diseño funcional, ya que incorporan herramientas desarrolladas junto a la división DeepMind, como un puntero inteligente capaz de analizar lo que ocurre en la pantalla para sugerir acciones inmediatas al usuario. Todo este volumen de procesamiento requerirá conexiones a internet mucho más veloces, un obstáculo que ya empieza a superarse con las primeras pruebas de las redes wifi de sexta generación, diseñadas para operar directamente con algoritmos predictivos.

Sin embargo, ceder tanto poder de decisión al código informático tiene un lado oscuro que preocupa a los especialistas en seguridad. La firma de análisis Palisade Research ha dado la voz de alarma al detectar que los delincuentes informáticos están utilizando estos mismos sistemas automatizados para rastrear redes corporativas. El peligro real ya no es que encuentren fallos en las defensas, sino que estos programas son capaces de escribir su propio código de ataque de forma autónoma, sin necesidad de que una persona intervenga. Mientras las empresas occidentales intentan tapar estas brechas, el tablero internacional se tensa con el empuje de la plataforma asiática DeepSeek, que acaba de lanzar nuevas funciones para disputarle el control a Estados Unidos en un mercado donde el líder cambia casi cada semana.

152. Ya podemos pagar con Bizum en las tiendas físicas

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 15 segundos

El gesto de rebuscar monedas sueltas en el bolsillo o comprobar si llevamos la tarjeta encima está más cerca de tener los días contados. Hasta el momento, el uso de ciertas aplicaciones financieras en el móvil se limitaba a enviar dinero a un familiar o dividir los gastos de una cena. Sin embargo, sistemas de pago muy arraigados en España, como Bizum, acaban de habilitar una función muy práctica: la posibilidad de abonar las compras directamente en los datáfonos de las tiendas físicas.

El mecanismo para usar esta novedad resulta bastante familiar para quienes ya emplean herramientas como Apple Pay o Google Wallet. Su funcionamiento se basa en la tecnología de comunicación de campo cercano, más conocida por las siglas NFC. El proceso es directo: basta con desbloquear el teléfono y acercarlo al terminal del comercio para que la compra se registre en pocos segundos. Más allá de la comodidad, este paso tiene un peso geopolítico destacable. Al impulsar un método de pago propio, Europa consigue reducir su dependencia histórica de operadores estadounidenses como Visa o Mastercard, un detalle nada menor ante el actual panorama político al otro lado del océano.

Si analizamos la seguridad técnica, encontramos detalles que conviene tener en cuenta. En el lado positivo, es un método bastante privado. Al prescindir de la numeración impresa de las tarjetas de plástico y vincularse directamente a la cuenta del banco, el riesgo de sufrir una clonación de datos financieros se reduce bastante. El obstáculo principal reside en la inmediatez del cobro. El dinero sale de la cuenta en el mismo instante de la compra, operando en la práctica como una transferencia bancaria. Esto supone una desventaja frente a las tarjetas de crédito tradicionales, que disponen de mecanismos mucho más maduros para gestionar cobros duplicados, devoluciones y reclamaciones de clientes.

A esta falta de rodaje en las garantías hay que sumar que estas plataformas ya son un canal habitual para que los estafadores envíen mensajes falsos. Por esta razón, los especialistas aconsejan afrontar estos primeros meses con precaución. La recomendación técnica pasa por activar las notificaciones bancarias y revisar cada movimiento. Quien prefiera esperar a que los protocolos de protección se pulan, siempre puede optar por el plástico convencional.

151. ¿Que hace la IA con los archivos que les subimos?

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 26 segundos

18.mar.2026

La fiebre por delegar las horas de lectura y trabajo a una máquina (casi) infalible esconde una letra pequeña que casi nadie se detiene a leer. Durante los últimos meses, la herramienta de Google NotebookLM ha revolucionado la forma en que los internautas procesan enormes volúmenes de información. Este asistente de investigación se desmarca de otras alternativas del mercado por un motivo fundamental: no inventa absolutamente nada. El usuario sube sus propios documentos y el programa trabaja de forma exclusiva con ese material, creando desde resúmenes detallados hasta conversaciones automáticas con formato de podcast. Al basarse únicamente en fuentes reales aportadas por el propio usuario, el riesgo de que el software alucine o se equivoque desaparece por completo, motivo por el cual miles de profesionales han comenzado a utilizarlo a diario.

Como ocurre con la inmensa mayoría de los servicios exitosos de la red, el acceso a esta plataforma es totalmente gratuito, lo que irremediablemente lleva a la eterna norma no escrita del entorno digital que dicta que, cuando el producto es gratis, el producto eres tú. El peligro surge cuando las personas, confiadas por la fiabilidad del sistema, deciden subir contratos privados o informes corporativos de alta sensibilidad. Oficialmente, la multinacional asegura que cada proyecto es una sala virtual hermética donde los datos jamás se cruzan con los de otros individuos. Sin embargo, existe una trampa operativa perfectamente camuflada en la interfaz gráfica.

Este riesgo de privacidad se activa al pulsar los inofensivos botones con forma de pulgar hacia arriba o hacia abajo que aparecen bajo cada respuesta generada. Al interactuar con estos elementos para valorar el trabajo de la máquina, el escudo de privacidad se resquebraja. En ese instante, se otorga permiso para que un equipo de revisores humanos pueda leer los documentos originales y almacenar esa información concreta durante tres largos años con el objetivo de entrenar algoritmos futuros.

Para evitar que miradas indiscretas acaben leyendo secretos empresariales, la solución técnica más sencilla requiere pura disciplina, evitando a toda costa utilizar esos marcadores de valoración. Si el texto devuelto no es satisfactorio, resulta infinitamente más seguro reformular las instrucciones de forma manual. La otra alternativa capaz de garantizar una privacidad absoluta pasa por acceder a través de cuentas de correo corporativas o educativas, un entorno blindado y de pago que prohíbe explícitamente el fisgoneo humano. Como ligero consuelo legal frente a este laberinto de condiciones, la compañía no reclama ningún derecho sobre el material final, por lo que todo el contenido generado pertenece siempre a quien lo solicita, demostrando que es posible aprovechar esta tecnología siempre que se aprenda a sortear sus trampas.

150. Según Bill Gates, las IA’s y los robots tendrán que pagar impuestos

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 15 segundos

13.may.2026

La inminente llegada de la automatización masiva a nuestros puestos de trabajo plantea un enigma financiero que va mucho más allá de la simple ciencia ficción. Mientras las máquinas asumen tareas cada vez más complejas, instituciones globales como el Fondo Monetario Internacional ya calculan que el cuarenta por ciento de los empleos actuales se encuentra en riesgo de desaparición. Voces sumamente influyentes en el desarrollo tecnológico, como Elon Musk o Sam Altman, han manifestado abiertamente que el desplazamiento de trabajadores de clase media y del sector administrativo resulta inevitable a corto plazo. Sin embargo, al observar cómo un programa informático o un ente mecánico sustituye a una persona, surge una pregunta estructural crítica para la supervivencia de nuestra sociedad: ¿quién pagará los impuestos de ese trabajador desplazado?

Para entender la magnitud de este vacío económico de forma didáctica, hay que recordar que la maquinaria del estado del bienestar funciona fundamentalmente gracias a las aportaciones periódicas vinculadas a las nóminas ciudadanas. Si las oficinas se vacían de humanos y son ocupadas por algoritmos, la recaudación fiscal se desploma de forma instantánea. Sin esos ingresos, los cimientos de los servicios públicos, los subsidios sociales, la sanidad y el sistema de pensiones, entre otros elementos del estado del bienestar, acabarían colapsando irremediablemente. Ante esta amenaza financiera, el creador de Microsoft, Bill Gates, ha lanzado una propuesta radical pero estrictamente necesaria: los robots y las plataformas de inteligencia artificial deben comenzar a pagar sus propios impuestos.

La lógica detrás de esta medida no pretende frenar el valioso avance informático, sino redistribuir equitativamente la inmensa riqueza que genera la automatización. Gates sostiene que las corporaciones que integren inteligencia artificial deben asumir el coste social que provoca su tecnología, garantizando así la subsistencia económica de los ciudadanos reemplazados. Según su visión técnica, esta compleja transición tributaria resulta sumamente urgente y los gobiernos disponen de apenas cinco años para reescribir sus reglas fiscales antes de enfrentarse a un desastre irreversible. A esta presión operativa se suma la fragilidad oculta de la propia industria, ya que muchos de estos nuevos negocios tecnológicos podrían quebrar pronto, replicando la peligrosa burbuja informática de los años noventa y arrastrando consigo los últimos resquicios de estabilidad financiera mundial.

Uso de cookies

Desde mi nube utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies