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La energía solar espacial plantea una alternativa al problema de la disponibilidad de electricidad durante las horas sin radiación solar. El planteamiento parte de una limitación conocida de las instalaciones fotovoltaicas terrestres que producen electricidad durante el día, pero necesitan sistemas de almacenamiento para mantener el suministro cuando desaparece la luz solar.
Una de las propuestas estudiadas consiste en trasladar la generación fotovoltaica al espacio y la empresa Overview Energy está trabajando en un sistema basado en grandes paneles solares situados en órbita. A esa altura, las instalaciones podrían recibir radiación solar durante periodos mucho más prolongados que los paneles instalados sobre la superficie terrestre.
Se trata de un proyecto que contempla miles de satélites situados en órbita geosíncrona, aproximadamente a 36.000 kilómetros de altura. Cada unidad podría disponer de una superficie fotovoltaica equivalente a unos dos campos de fútbol y la electricidad generada no se transmitiría mediante cables, sino que primero se transformaría en energía electromagnética y después se enviaría hacia la Tierra mediante un haz de infrarrojo cercano.
Una vez en la superficie terrestre, el sistema utilizaría receptores capaces de convertir nuevamente esa energía en electricidad de manera que, una de las posibilidades planteadas consiste en aprovechar instalaciones solares ya existentes, de esta forma, no sería necesario construir una central completamente nueva para recibir la energía procedente del espacio.
Pero no echemos todavía las campanas al vuelo, porque esta tecnología todavía se encuentra en una fase experimental. En noviembre de 2025 se realizó una prueba con un avión Cessna Caravan situado a unos cinco kilómetros de altura y el resultado fue que, durante el ensayo, se transmitió energía mediante un láser hasta un receptor terrestre equipado con paneles solares convencionales. El experimento permitió comprobar algunos elementos del sistema, aunque la distancia alcanzada resulta muy inferior a la que existiría entre un satélite y la superficie terrestre.
Los siguientes objetivos planteados contemplan una prueba desde órbita terrestre baja en 2028 y transmisiones desde órbita geosíncrona alrededor de 2030. El desarrollo de este tipo de tecnología también está condicionado por sus costes. La fabricación y el lanzamiento de grandes estructuras espaciales han limitado históricamente este tipo de proyectos.
No obstante, el abaratamiento de los lanzamientos espaciales está modificando ese escenario y, al mismo tiempo, los centros de datos y las infraestructuras relacionadas con la inteligencia artificial incrementan la demanda de electricidad, lo que genera un contexto en el que se está impulsando el interés por sistemas capaces de proporcionar energía de forma continua.
Sin embargo, todavía existen importantes retos técnicos y económicos ya que sería necesario fabricar y lanzar numerosos satélites de grandes dimensiones y, además, cada conversión de energía implica pérdidas que afectan al rendimiento global del sistema.
Todo ello sin olvidar que la energía solar espacial también compite con otra línea tecnológica en rápida evolución: la combinación de instalaciones solares terrestres con grandes sistemas de almacenamiento. Mientras una estrategia busca mantener los paneles iluminados durante más tiempo, la otra pretende almacenar la electricidad suficiente para que la ausencia de luz solar tenga un impacto cada vez menor.