Tiempo de lectura aprox: 53 segundos
16.ene.2026
Revisando el impacto de la red a través de la retrospectiva de 20 años de publicaciones especializadas, mi diagnóstico técnico es innegable: hemos sufrido una involución arquitectónica masiva disfrazada de progreso. Hemos transitado de una «Web de Enlaces», donde el usuario controlaba la navegación de forma descentralizada, a una «Web de Feeds», donde algoritmos opacos de plataformas hegemónicas (TikTok, Instagram, YouTube) secuestran nuestra atención inyectando contenido diseñado para maximizar la interacción publicitaria y la dopamina.
El activista Cory Doctorow define perfectamente este colapso sistémico con el concepto de «Enshittification» (Enmierdización). Es el ciclo de vida del software moderno: primero, la plataforma subsidia al usuario con un buen servicio; luego, degrada la experiencia para favorecer a los anunciantes y, finalmente, encierra al usuario en un monopolio del que no puede huir por la dependencia de su grafo social o historial. A esto se suma la muerte de la utilidad de los motores de búsqueda, hoy colapsados por técnicas agresivas de SEO industrial y «basura sintética» generada por IA (AI Slop) para acaparar clics.
Pero el cambio más pernicioso es la «Plataformización» y el fin de la propiedad digital. Hoy en día, la adquisición de software o medios es una mera concesión temporal de licencias. El ecosistema Cloud permite revocar el acceso remotamente, mutando nuestro rol de propietarios a inquilinos cautivos de la infraestructura corporativa. En este paradigma de la Web 3.0, el usuario ha sido reconfigurado; ya no somos el cliente, sino la materia prima que genera la telemetría necesaria para entrenar los modelos predictivos que alimentan un internet cada vez más estéril.