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25.nov.2025
El entusiasmo por la Inteligencia Artificial empieza a chocar frontalmente contra las leyes de la termodinámica y las finanzas. Ya no son analistas externos, sino los propios directores ejecutivos de los hiperescaladores —como Sundar Pichai de Alphabet, Sam Altman de OpenAI o Mark Zuckerberg de Meta— quienes advierten sobre la irracionalidad del mercado. El ecosistema presenta claros síntomas de burbuja financiera, comparables al colapso de las puntocom o a la crisis de las subprime, atrayendo incluso a inversores como Michael Burry, quien ya está apostando en corto contra NVIDIA.
El cuello de botella estructural reside en el brutal incremento de los gastos operativos (OPEX). Las inferencias de IA requieren recursos físicos masivos: una simple consulta puede consumir hasta medio litro de agua para la disipación térmica de los servidores y la energía equivalente a iluminar un LED durante cinco segundos. Si multiplicamos esto por miles de millones de peticiones diarias, la supuesta «escalabilidad infinita» colapsa. Los costes energéticos y de infraestructura crecen de manera logarítmica, muy por encima de los ingresos reales, forzando la implementación de nuevas regulaciones de sostenibilidad.
Ante este desajuste en los balances, la respuesta de la industria resulta cínica. Apelando al concepto de «demasiado grande para caer», directivos como Jensen Huang y la dirección financiera de OpenAI, encabezada por Sarah Friar, están solicitando que los gobiernos asuman el rescate preventivo financiando infraestructuras y energía. Piden un modelo de socialización de pérdidas apoyado en el miedo a perder la carrera frente al proteccionismo estatal chino. Teniendo en cuenta que el crecimiento reciente del PIB en EE. UU. ha dependido casi exclusivamente de las inyecciones de capital en infraestructuras de IA, la explosión de esta burbuja técnica generaría réplicas sísmicas impredecibles en el mercado global.