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El puente físico que une el mundo digital con nuestra realidad impresa nació del empeño de un matemático que se negaba a aceptar las limitaciones visuales de los primeros ordenadores. Hoy damos por sentado que al pulsar un botón, nuestra impresora calcará sobre el papel exactamente el mismo texto que vemos en el monitor. Sin embargo, antes de la década de los ochenta, conseguir esta fidelidad técnica era un reto casi insuperable. El responsable de resolver este problema fue John Warnock, un investigador formado en la Universidad de Utah que, tras colaborar con pioneros como Dave Evans e Ivan Sutherland resolviendo cálculos de superficies en tres dimensiones, logró que las máquinas aprendieran a procesar gráficos con fluidez.

Su capacidad analítica le abrió las puertas del conocido centro de investigación Xerox PARC. Allí se propuso una tarea muy definida: lograr que los ordenadores y las impresoras hablaran exactamente el mismo idioma. Fruto de su trabajo nació el protocolo PostScript, un sistema de instrucciones que enseñaba a las máquinas de oficina a dibujar letras y formas con una gran precisión. A pesar de tener entre manos una tecnología muy novedosa, los directivos de Xerox no supieron calcular su valor comercial y dejaron pasar la oportunidad de adoptarla.

Ante esta falta de interés, Warnock decidió abandonar su puesto y, en mil novecientos ochenta y dos, se asoció con el ingeniero Charles Geschke para fundar su propia empresa, bautizada como Adobe Systems. Desde esta nueva base operativa, comercializaron el sistema de impresión que cambiaría el rumbo de la industria editorial, permitiendo a los periódicos informatizar sus procesos y reducir gastos. Además, terminaron desarrollando herramientas de uso diario que hoy todos conocemos, como el popular formato de documentos portátiles PDF o diversos programas de diseño de imágenes.

Para este creador, escribir código no consistía en una tarea matemática monótona, sino en un trabajo artesanal muy parecido a redactar un libro. Defendía que el software debía ser claro, bien estructurado y fácil de mantener. Su consejo principal para quienes empezaban a programar era evitar el enamoramiento hacia las ideas propias; si un fragmento de código no funcionaba con rapidez, la decisión más sensata era borrarlo de la pantalla sin dudarlo. Esta forma de entender la informática permitió crear programas que esconden procesos muy complejos bajo un aspecto sencillo, logrando que el simple hecho de imprimir un archivo desde casa nos parezca lo más natural del mundo.

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