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16.mar.2026

Si habéis adquirido o presupuestado un equipo informático recientemente, es muy probable que hayáis notado un incremento en el coste final de entre un 10 y un 20 por ciento. Al desglosar el precio de los componentes, el origen de esta inflación es evidente: los módulos de memoria RAM han duplicado e incluso triplicado su coste en los últimos meses. Tras la caída de la demanda posterior a la pandemia, donde el exceso de inventario desplomó los precios de las unidades de almacenamiento y la memoria, el mercado parecía haberse estabilizado, la irrupción masiva de la inteligencia artificial generativa ha provocado un nuevo seísmo en la cadena de suministro.
La construcción exponencial de nuevos centros de datos orientados a la inteligencia artificial requiere infraestructuras basadas en miles de unidades de procesamiento gráfico, las cuales demandan cantidades ingentes de memoria para operar de forma eficiente. Esta fiebre ha provocado que los principales fabricantes reorienten sus líneas de montaje. Actualmente, la prioridad industrial es la fabricación de memorias HBM, diseñadas específicamente para aceleradoras de inteligencia artificial, relegando a un segundo plano la producción de las memorias DRAM y NAND tradicionales que utilizamos en nuestros equipos cotidianos. La tracción de esta demanda es tan extrema que algunas empresas del sector aseguran tener ya vendida la totalidad de su producción de módulos HBM para el año 2026.
Este desequilibrio entre la oferta y la demanda está afectando transversalmente a todo el ecosistema. No solo encarece los portátiles de alto rendimiento orientados al sector profesional o a los videojuegos, sino que impacta en placas de desarrollo modestas como las Raspberry Pi, que han incrementado su precio porque los chips de memoria que integran cuestan hoy un 120 por ciento más que hace un año. Ante la pregunta lógica de por qué no se construyen nuevas plantas de fabricación para aliviar el cuello de botella, la respuesta radica en el riesgo financiero. Erigir una de estas instalaciones requiere decenas de miles de millones de dólares y años de desarrollo para resultar rentable. Los fabricantes temen que estemos ante una burbuja tecnológica y, recordando el exceso de stock de la pandemia, prefieren limitar la oferta actual antes que arriesgarse a quedarse con fábricas vacías en el futuro, trasladando irremediablemente el sobrecoste y los posibles desabastecimientos al usuario final.

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