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Si hay una palabra que se ha convertido en comodín en amplios sectores de la izquierda es, sin duda, la palabra facha o su correlativa fascista cuando quien la pronuncia, normalmente con ira, tiene la intención de que el enfrentamiento verbal suba de nivel.
Como siempre, el problema no es utilizar esas palabras en el contexto adecuado, sino cuando se utilizan para descalificar a cualquiera quesimplemente se sitúe en la esfera de la derecha política o discrepe con determinados postulados de la izquierda actual.
Porque, si existe una realidad tan empírica y demostrable como difícil de entender para algunas mentes, acostumbradas a que otros piensen por ellos, es que, de manera mediata o inmediata, ser de derechas no convierte a nadie en fascista, ni tampoco criticar determinadas políticas relacionadas con el feminismo, la inmigración, la identidad, el género o la llamada cultura woke, menos aún, defender planteamientos conservadores implica ser un retrógrado que quiera acabar con la democracia.
Conviene, además, recuperar algo de perspectiva histórica.
Pese a que algunos se empeñan en negarlo, la realidad es que España tuvo movimientos fascistas. La Falange fue uno de ellos y formó parte del bando sublevado durante la Guerra Civil. Además, nadie niega que Franco recibió ayuda militar de la Italia fascista de Mussolini y de la Alemania nazi durante la contienda.
Sin embargo, no puede afirmarse que el régimen franquista fuese sin más una copia española del fascismo italiano. El franquismo fue un régimen autoritario que integró distintas corrientes políticas, entre ellas falangistas, tradicionalistas, monárquicos y sectores conservadores, lo cual lo convirtió, de facto, en algo muy distinto a la simplificación política que pretenden que creamos quienes no han estudiado lo suficiente como para poder defender sus posturas maniqueístas.
Por el contrario, el fascismo italiano de Mussolini tuvo unas características muy concretas. Surgió como movimiento político organizado y terminó construyendo un Estado de partido único, nacionalista, autoritario y contrario al pluralismo democrático, por lo que resulta especialmente curioso observar cómo determinadas actitudes actuales obvian, cuando no directamente ignoran, las grandes diferencias entre fascismo y franquismo.
Además, quienes utilizan constantemente la palabra fascista para descalificar al adversario, deberían recordar que algunos de los comportamientos que históricamente caracterizaron a los movimientos autoritarios no consistían únicamente en defender determinadas ideas políticas, sino que también tenían que ver con la forma de relacionarse con quien pensaba diferente.
Y es precisamente por eso por lo que, convertir al discrepante en un enemigo, negarle legitimidad para participar en el debate, reducir sus argumentos a una etiqueta, presentar cualquier discrepancia como una amenaza o crear una frontera entre «los nuestros» y «los otros» son rasgos que la doctrina identifica claramente con el fascismo real, que constituyen actitudes incompatibles con una cultura democrática madura que, en la actualidad, vemos con demasiada frecuencia y descaro precisamente en quienes se autoproclaman antifascistas.
Que ironía.
Quienes acusan constantemente de fascistas a todos aquellos que no comparten su visión han acabado convirtiéndose en todo aquello que dice combatir: la intolerancia hacia el discrepante, la deshumanización del adversario político y la incapacidad para aceptar el pluralismo ignorando alevosamente que la democracia no consiste en que todos pensemos igual sino en poder pensar diferente sin que el otro deje de ser considerado un ciudadano legítimo.
No consentir que se pueda ser conservador, liberal, defender políticas de derechas, cuestionar el feminismo contemporáneo, determinadas políticas de identidad o algunos planteamientos asociados al movimiento woke transforma la discrepancia en una enfermedad ideológica que debe ser señalada y etiquetada y a quien lo practica, por mucho que le duela oírlo, en un fascista de libro.
Y así es cómo llegamos al momento actual, en el facha. fascista y ultraderechista se convierten en tres palabras que, vaciadas de contenido y utilizadas indiscriminadamente, dejan de describir una posición política y pasan a funcionar como simples mecanismos de descalificación.
Y ahí es dónde está la verdadera contradicción, porque si para defender la tolerancia, la diversidad y el pensamiento crítico necesitamos silenciar, etiquetar o deslegitimar a quien discrepa, deberíamos preguntarnos quién es realmente el fascista, cuestión harto complicada para quien no comprende que la democracia no se demuestra tolerando al que piensa como nosotros.
Se demuestra siendo capaces de convivir con quien piensa exactamente lo contrario.