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deshumanizaciónUno de los fenómenos más llamativos del debate actual, tanto público como privado es la desaparición progresiva de los argumentos.

Cada vez es más frecuente comprobar que, cuando se intenta debatir con personas que se identifican como progresistas, la conversación deja de girar en torno a ideas para convertirse en una cuestión de etiquetas. Ya no se discute lo que dices, sino lo que supuestamente eres.

Es, por decirlo de alguna manera, una estrategia fácil de detectar.

Si planteas una reflexión sobre la igualdad entre hombres y mujeres desde un punto de vista crítico, la respuesta ya no suele ser un contraargumento, sino una acusación directa: eres misógino.

Si intentas introducir matices en cuestiones relacionadas con la orientación sexual o el modelo de familia, automáticamente pasas a ser homófobo.

Si mencionas problemas sociales relacionados con la inmigración o la integración cultural, la etiqueta aparece casi de forma automática: racista.

Y ya si te atreves a cuestionar determinadas políticas medioambientales, aunque sea desde una perspectiva técnica o económica, el calificativo que inmediatamente se te endosa es el de negacionista.

Lo preocupante no es solo la facilidad con la que se utilizan estas etiquetas, sino lo que implican. En lugar de refutar tu argumento, lo que se hace es deslegitimar a la persona que lo plantea. Es una forma de deshumanización suave, porque no importa lo que dices ya que tu posición queda invalidada desde el principio. El debate se sustituye por un juicio imperativo y moral inmediato.

Además, se trata de un mecanismo que se repite en muchos ámbitos.

Si criticas determinadas políticas educativas, eres reaccionario.

Si cuestionas el enfoque dominante en los medios de comunicación, eres conspiranoico.

Si dudas de algunas decisiones tecnológicas o de los efectos sociales de la inteligencia artificial, eres alarmista.

Incluso en cuestiones económicas ocurre lo mismo, de manera que cualquier discrepancia con el discurso dominante puede acabar reducida a una etiqueta simplista que evita tener que responder con datos o razonamientos.

No obstante, como observador objetivo que intento ser, también es justo señalar que esta táctica de anular al contrario mediante etiquetas (lo que en retórica se conoce como falacia ad hominem) es un mal transversal que afecta a todo el espectro político y no solo a un sector ya que, al igual que existen las etiquetas mencionadas, en extremo más liberal también se abusa de términos como comunista, buenista, traidor o woke, como argumento total para silenciar debates complejos, como si ello fuera posible, conviertiendo esta inhibición en una suerte de enemigo íntimo de la democracia al estilo de los que Tzvetan Todorov describía en su libro.[1]Los enemigos íntimos de la democracia. Galaxia Gutemberg. 2012

Como no puede ser de otra manera, el resultado es un empobrecimiento evidente del debate público ya que, en el momento en el que las etiquetas sustituyen a los argumentos, desaparece cualquier espacio para el matiz y todo se convierte en un juego de bandos donde lo importante no es comprender la postura del otro, sino desacreditarla lo antes posible, lo cual acaba generando una conversación cada vez más agresiva y menos útil.

Lo realmente paradójico es que este clima no favorece a nadie.

Las personas que realmente quieren defender ideas progresistas con argumentos sólidos también se ven perjudicadas, porque el uso constante de etiquetas acaba vaciándolas de significado, porque cuando todo el mundo es acusado de algo, las palabras dejan de tener peso y quizá el problema no esté tanto en las ideologías como en la forma en que se está discutiendo hoy en día.

Recuperar el valor de los argumentos, aceptar que se puede disentir sin convertir al otro en un enemigo y volver a debatir ideas en lugar de identidades sería un primer paso para mejorar el clima social, porque cuando una sociedad deja de debatir con razones, empieza a debatir con prejuicios.

Y eso nunca termina bien.

Bibliografía y referencias.

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