REVOLUCIONCiertas ideologías y los partidos políticos que las sustentan basan sus doctrinas en el ataque continuo a un enemigo común. No se trata de gobernar para, gestionar para, construir para, sino hacerlo contra. Gobernar contra algo o alguien, un enemigo que, en la mayoría de los casos, solo existe, convenientemente deformado, en el imaginario de unos cuantos.

El enemigo básicamente es todo aquél que no piensa como ellos y si encima comete la osadía de hacerlo público, la afrenta ya es completa, se convierte en un enemigo público, alguien nocivo y perverso para el sistema que hay que eliminar a toda costa.

Y ahí es donde se encuentra precisamente el truco.  El quid de la cuestión está en que, a poco que se profundice, uno se da cuenta de que el enemigo no es tal, sino un simple adversario político o social, alguien que piensa diferente y que, en el peor de los casos puede obtener más votos en unas elecciones y terminar gobernado. Táctica democrática simple y llana pero imposible de gestionar por ciertas cabezas cuadradas.

Por eso, el truco está en convertir esa amenaza solo ideológica en un riesgo tangible, transformar una corriente de pensamiento en un ser real, taimado y pernicioso para toda la comunidad que debe ser neutralizado a toda costa.

Parece una estupidez, pero es un discurso que ha calado y mucho en mentes ociosas y sin demasiadas ganas de analizar aquello que les llega. Sólo se pide que el soniquete tenga ritmo, cierta musicalidad y acabará impregnando a la mayoría de una manera u otra, (¡si-se-puede!)

Pero, ¿qué es lo que se puede?, ¿qué hay detrás de todo este artificio pirotécnico?, nada.

Tras una victoria democrática convenientemente convertida en gesta bélica y aniquilado –por supuesto–­ aquél enemigo, es la hora de gobernar, de gestionar, de hacer, trabajar, construir y crear, pero ¿cómo aplicarse a ello desde la perspectiva de quienes han llegado hasta allí con el discurso del miedo, de la confrontación y el revanchismo? No-se-puede.

A la hora de la verdad, la demagogia nunca tuvo soluciones más allá de la soflama política rancia y vacía, no puede pedirse una gestión eficaz ni soluciones a problemas que no se conocen y, peor aún, que no importan.

Por eso, una vez conseguido el objetivo, las ideologías basadas en el enemigo sólo saben seguir atacando ad eternum a aquellos adversarios políticos o ideológicos a los que ya vencieron en las urnas, sin más idea que la de continuar vertiendo odio y revanchismo en su contra, mientras el pueblo les pide soluciones.

Vuelta a lo mismo. Todo es culpa del enemigo, llámese como se llame y aún pasadas décadas de su desaparición de manera que, cuando se les pide dejar atrás esa actitud y pasar a comportarse como verdaderos gobernantes, simplemente no saben y acaban volviéndose contra el pueblo que les votó.

Eliminemos el busto de un Rey, comencemos a gobernar cosméticamente para nuestra minoritaria grey mientras reformamos innecesariamente constituciones y leyes a toda prisa, antes de que se den cuenta de que nuestro principal objetivo es perpetuarnos en el poder.

No importa que estemos sometiendo a la mayoría que confió en nosotros, a quienes creyeron en nuestro discurso, extenuado y pernicioso, siempre nos quedará ese poso de acólitos, esa cohorte antisistema que, hagamos lo que hagamos, nos aplaudirán, siempre y cuando hagamos algo CONTRA los demás. Siempre podremos acudir a ellos para relamernos las heridas y culpar otros mientras continuamos haciendo lo que mejor sabemos hacer; construir un enemigo y luchar contra él.

¡En pie famélica legión!

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