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Con la llegada al poder de los mal llamados nuevos partidos (ya he explicado en anteriores publicaciones por qué son más de lo mismo), la eclosión de los procesos participativos está tomando fuerza.

Era de esperar, no en vano, quienes promueven estos procesos y que ahora manejan el cotarro, se basan en una ideología asamblearia en la que todo se decide por una mayoría tumultuaria, más legitimada cuanto más sea el numero de personas (y personos) que la integren y respalden.

El rollo asambleario es fantástico. La sensación de participar en las decisiones importantes eleva al individuo (y la individua) a un plano superior, al limbo de los que mandan, a ese espacio reservado para las élites en las que, por arte de magia, nos hemos convertido, donde lo que opinemos cuenta y de qué manera.

No importa qué tengamos que apartar o posponer para acudir a una asamblea, ¿habrá algo más importante que eso?; no importa que lo que haya que valorar, debatir y votar sea una cuestión menor allá donde vivimos; el activista asambleario, el demócrata directo, siempre estará allí, al pie del cañón, dispuesto a sentar sus posaderas en el duro suelo, alzar los brazos y pronunciarse.

La primera vez.

La segunda, pasado ya el subidón y el frenesí inicial, preguntará acerca de qué es lo que se va a debatir y votar, valorando si merece la pena dejar de ir al concierto o la siesta para decidir acerca de la conveniencia de revisar la vialidad de aguas en un barrio de la ciudad. Si lo que ha de posponer es un trabajo, la decisión está más que tomada.

La tercera vez y las siguientes, a sus temas personales habrá que añadir el malestar que le produce saber de algunos asuntos decididos y votados con las que no estaba de acuerdo, lo cual le irrita y le hace cuestionar todo el procedimiento. ¿Para qué voy a ir si otros toman las decisiones por mi y votan como les da la gana?, pensará, olvidando que la decisión de no ir la tomó él mismo.

Además, lo que se vota son cuestiones administrativas, de procedimiento, de trámite que ni le afectan, ni le importan, ni entiende ni tiene ganas de entender.

Poco a poco esa quimera libertaria y su puesta en escena se van diluyendo, cada vez son menos los que participan y solo para las grandes cuestiones, esas que se debaten una o dos veces al año (o a la aña), solo quienes tienen un compromiso férreo, una verdadera vocación de servicio a los demás, unas miras amplias sobre lo que es y significa la política y –lo que es más importante- que reciben algo a cambio por su esfuerzo, acuden a debatir, dialogar, decidir y votar temas que, por pequeños que sean, acabarán afectando al resto.

La mayoría, pronto se cansará de hacer viajes al ágora, de emplear horas en deliberar y tomar decisiones y retomará la añeja idea de que decidan ellos; lo que acuerden estará bien, que yo, ya, si eso luego voy y me entero de cómo ha ido el asunto…, sin darse cuenta de que, con esa actitud, han delegado su voto en quienes, de esta forma, se han convertido en sus representantes. ¿Les suena?

Democracia representativa lo llaman y hay muchas opiniones sobre su funcionalidad y beneficios, pero una cosa está clara, por unas razones u otras, al final siempre volvemos a lo mismo (o a la misma).

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