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mono y banana

En algún lugar leí, tiempo atrás, que los pigmeos centroafricanos, utilizaban una curiosa técnica para cazar monos, animal escurridizo y difícil de atrapar al cual, sin embargo, esta raza conseguía apresar utilizando la astucia con la que vienen supliendo con creces su escasa estatura.

La estratagema consiste en fabricar una pequeña jaula con barrotes de madera muy juntos entre sí y colocar dentro una banana al alcance de la mano del primate de manera que, al verla, el mono introduzca su mano dentro de la jaula para hacerse con aquella.

Hasta ahí todo bien para el mono.

El problema viene cuando al animal le resulta imposible sacar la banana porque ni su puño cerrado ni la banana­—cruzada— caben entre los barrotes.

Aprieto morrocotudo. Su deseo por el premio es tan grande como su incapacidad para idear una solución al problema que pasaría, bien por soltar la banana o por abrir el puño, razonamientos al parecer inalcanzables para el animal que no es capaz de encontrar otra salida que la de empujar y empujar los barrotes sin soltar el plátano hasta que el pigmeo, ojo avizor, finalmente lo atrapa con sorprendente facilidad.

Habrán de perdonarme por el símil, pero esta situación no deja de recordarme a los independentistas catalanes, cerriles, cegados y abrazados a un premio tan exiguo como inalcanzable, que metieron su mano hace ya tiempo en una jaula llamada pruses que ha ido atrapando a todo aquél que se ha dejado influenciar y ha prestado oídos a una causa que, ni vale lo que cuesta ni sirve para otra cosa que la división, el enfrentamiento y la ruina particular de los que queden al otro lado del señuelo.

Quienes han ideado esta añagaza saben—lo han sabido siempre—de la falsedad de la misma y de las espurias intenciones que se esconden tras el edén dorado que prometen, independencia, república, etc.; pero, como buenos cazadores, sólo buscan su beneficio personal a base de acumular acólitos para una causa que amenaza, hoy más que nunca, con destruir buena parte de lo logrado hasta ahora pero que para aquellos—y sólo para ellos—no supone más que beneficios.

Por lo tanto les da igual, siguen con su papel, con su huída hacia adelante, sabedores que aquellos a quienes convenzan, también seguirán fieles al suyo, agarrando una minucia, chillando y empujando unos barrotes que no pueden destruir, culpando al resto de su mala suerte y empeñados en salir, por la fuerza, de un trance en el que se han metido desoyendo al sentido común y siguiendo un instinto que les ha traicionado.

Y todo por una banana.

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