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no se podía saber

Hoy hace un año que el Gobierno de España decretó el estado de alarma que trajo consigo una medida nunca vista en democracia, el confinamiento domiciliario a consecuencia de la extensión descontrolada de la pandemia producida por el coronavirus SARS-COVID-2.

Visto en perspectiva, muchos, interesados y no, son los que tratan de exonerar la gestión del Gobierno aduciendo que cualquier otro, de la misma o de contraria ideología, habría hecho lo mismo.

Y no es que no se viese venir, porque desde luego, si hay algo que no puede achacarse a un gobierno de izquierdas no es que no cumplan a rajatabla con todos y cada uno de los preceptos del libro de ruta ideológico, cueste lo que cueste y, en este caso, cueste a quien cueste.

Este gobierno, ejemplo de izquierdismo a menudo extremo, no dudó, por lo tanto, en tratarnos a todos como impúberes, imbéciles o ambas cosas empeñándose en ocultarnos la verdad al principio, restándole importancia cuando estaba claro que la cosa era grave e improvisando cuando ya no había margen para ello.

Así murieron los primeros enfermos y los primeros sanitarios, obligados a trabajar con una vergonzosa e inexplicable falta de equipos de protección, mostrando remedios caseros que ellos mismos se fabricaban a falta de un material que no existía por falta de previsión y de peso específico gubernamental en el seno de la comunidad internacional.

No podía faltar en una gestión de crisis manejada por la izquierda un “comité de expertos” que debe sus comillas a su inexistencia. Bajo su asesoramiento tuvieron lugar decisiones que costaron más vidas si cabe, como la de no cerrar fronteras y aeropuertos cuando nos estábamos convirtiendo en un coladero de infectados o afirmando que no era necesario el uso de mascarillas, cuando en realidad lo que pasaba era que no había, a la vez que se empobrecía más aún la economía del país con la falta o insuficiencia de medidas paliativas y de estímulo económico que debían haberse siquiera pergeñado, pero ni eso…

La ausencia de autocrítica, otro tic secular de la izquierda, trajo consigo el necesario maquillaje y ocultación sistemática del número de muertos; había que seguir fingiendo y  para ello no se dudaba en negar una auditoría que, desde el sector sanitario, se pedía a gritos.

Y para sujetar todo el tinglado, debía mantenerse a raya al Poder Judicial, de lo que se ha venido encargando la Fiscalía, oportunamente dirigida por una exministra de la cuerda para que a ningún juez se le ocurra meter las narices en el asunto.

Una vez pareció pasar la primera ola, las frases grandilocuentes se apoderaron del lenguaje gubernamental, con una euforia insensata en las desescaladas que trajo la segunda ola, después del verano.

Fue en esa segunda ola dónde pudimos asistir a otro mantra de la izquierda que nos gobierna: que otros gestionen los fracasos que ya nos ocuparemos nosotros de los aciertos (si los hay)

Delegaron miserablemente en las Comunidades Autónomas todo el cometido pandémico, eso sí, sin dotarlas de competencias específicas, no fuera a ser que no pudieran atribuirse como gobierno central, una hipotética buena gestión autonómica.

Y así, cada una cómo ha podido, las Autonomías han ido haciéndose cargo de la situación, sin apenas recursos ni margen de maniobra legal más allá de las normas dictadas por un Gobierno atento a sus logros y ajeno a sus fracasos.

Todo ello trufado de embustes y medias verdades con las que simular una gestión que realmente nunca ha existido, que nos ha dejado a merced de una tremenda crisis sanitaria y la peor situación económica y social desde la Guerra Civil.

Ahora nos dicen que era imprevisible, llenando de propaganda el discurso para acallar las miles de voces que les venían avisando y a las que no hicieron caso porque nadie baja a un socialcomunista del altar ateo en el que lo han colocado sus votantes.

Nos cuentan que no se podía saber, que poco más se podía hacer y que cualquier gobierno habría hecho lo mismo.

Y de nuevo nos mienten.

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