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La palabrita se las trae, el término tiene bemoles y la forma en la que lo descubrí, una de esas curiosas anécdotas que uno se lleva con agrado de este valle de lágrimas.

Reconozco que no la conocía, y tuvo que ser mi buen amigo Antonio Torres, del que guardo el mejor de los recuerdos y a quién dedico estas palabras, quien, de repente, me la descubrió entre plato y plato de una agradable comida hace ya algunos años.

Dediqué el resto de la tarde a leer sobre ella.

La oclocracia fue definida por Polibio ya en el siglo segundo a.C. (siempre según la visión aristotélica) como una de las tres formas en las que puede degenerar la democracia, a saber, tiranía, oligarquía y oclocracia.

De las tres, esta última, el gobierno de los demagogos en nombre de la muchedumbre, es la que más me llama la atención, por las similitudes con las fórmulas usadas por personajes patrios y allende los mares con las que toca lidiarnos la comida cada día a golpe de telediario.

Desde hace aproximadamente un lustro, avispados figurones intentan vendernos lo que el marketing político ha dado en llamar nueva política, que no es más que una suerte de viejas y rancias formas de practicarla, con una cuidada presentación, puesta en escena y aireo generoso en redes sociales, sostenida de manera mesiánica por el oclócrata de turno, el amado líder, oportuno charlatán que siempre encuentra quién le escuche.

Como buena degeneración democrática, la oclocracia se sustenta en dos pilares básicos, el oclócrata y la muchedumbre, figuras que nada tienen que ver con el demócrata y el pueblo, conceptos de los que aquellos no son más que un burdo remedo falsario.

Así, la oclocracia se basa en la figura de un caudillo carismático (seguro que se les vienen uno o varios a la mente), capaz de engatusar a la muchedumbre, rendida a sus pies, a quien promete saciar sus necesidades, incluso las más básicas, apelando a sus sentimientos más primarios para mantener su adhesión, sabedor que las limitaciones sociales y económicas que denuncia son su mejor herramienta. Por eso, a pesar de parecer combativo con ellas, las fomenta y las dilata en el tiempo cuando llega al poder.

Desde esta posición, la muchedumbre, convencida por el oclócrata, cree que su situación personal y social mejora, aunque en realidad sucede todo lo contrario. Se hunde.

El oclócrata guía sus pasos al tiempo que ejerce su política desde la demagogia más absoluta, luchando sin descanso por la conquista y el mantenimiento del poder a toda costa, sin dudar, para ello, del uso de todo tipo de recursos, por abyectos que estos sean.

Recurrirá a la búsqueda de culpables, a la promoción de fanatismos, de nacionalismos exacerbados, fomentará miedos, inventará discriminaciones, descalificará a sus opositores, sembrará de inquietudes cualquier pacífica convivencia social, sin dudar en el uso del discurso exacerbado, beligerante y soez.

Todo vale con tal de lograr y mantener el control absoluto.

Frente a él, la muchedumbre fascinada, creerá en la ficción de que es ella la que ejerce realmente el poder, que es el pueblo quién gobierna y no aquellos otros a los que el oclócrata descalifica permanentemente, los políticos, como si él mismo no perteneciese a esos a los que denomina casta.

Poco a poco, el oclócrata se siente legitimado por la voluntad desnaturalizada de la muchedumbre a quién ha hecho creer que el propósito de algunos es finalmente la voluntad de todos.

Cuando se llega a este punto, la situación es difícilmente reversible sin que se produzcan daños, lo que, paradójicamente, sirve al oclócrata para seguir envenenando y engañando a la multitud en el intento de legitimarse aún más. Todo vale, excepto el reconocimiento de que es él y han sido sus políticas las que han llevado la situación al límite.

Algunos lo llaman populismo.

Hablando con mi amigo del tema, multitud de oclócratas llamaban a las puertas de mi mente, con su verbo encendido, con su falta de escrúpulos y su supuesta superioridad moral.

No es necesario imaginarlos, ya los tenemos aquí, tienen cara, nombre y apellidos y frente a ellos no queda otra que luchar, democráticamente, por desenmascáralos, por mostrar al pueblo que nadie tiene derecho a tratarlos como muchedumbre y por dejar bien claro que no son la solución, sino el problema.

Cuanto antes nos demos cuenta de ello, mejor nos irá a todos, sí, a todos.

Dedicado con cariño y admiración a Antonio Torres Millera, de quien muchos aprendimos tantas cosas y del que algunos no aprendieron nada.

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