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Recientemente hemos celebrado unas nuevas Elecciones Generales en España.

Dos en un periodo de seis meses, retrato perfecto de una sociedad polarizada, confusa y cansada en lo político.

Como es natural, las personas, votantes y no, cuestionan ya no sólo a los políticos, también al sistema electoral, lo que les lleva a sopesar y reclamar alternativas al tradicional sistema de votos, urnas y colegios electorales.

Una de las que más se reclaman es la posibilidad de emitir su voto de manera electrónica, fundamentalmente desde su domicilio y a través de Internet.

Esta alternativa que a priori puede parecer moderna y ventajosa, encierra, sin embargo, no pocas cuestiones que la hacen, a día de hoy, poco recomendable, principalmente por su bisoñéz.

Dada la deseable brevedad de este texto, dejaremos de lado otros tipos de voto electrónico que, por requerir la presencia física del votante, no suponen una absoluta novedad frente al Santo Grial de los demandantes del voto “a domicilio”, el voto a través de Internet.

El primero de los dilemas es la posibilidad de auditar el sistema, tanto desde el punto de vista tecnológico interno, es decir, utilizar sistemas propietarios u Open Source, de código abierto.

Si bien los primeros se han revelado como más eficientes, los segundos, por la publicidad del código que los hace funcionar, conllevan un plus de transparencia ya que cualquiera, con los conocimientos necesarios, puede investigar en las tripas del sistema y el funcionamiento de los aspectos fundamentales del proceso.

La segunda de las necesidades, la de auditoría del voto, alcanza al elemento más importante del proceso, y supone uno de los mayores desafíos ya que el reto consiste en poder comprobar que se ha emitido y quién lo ha emitido, pero no el sentido del mismo, ya que el sistema debe ser respetuoso con la más trascendental cualidad del derecho que lo sustenta. Debe ser secreto.

El voto es el protagonista, eso resulta evidente, y el voto telemático debe ser capaz de evitar disfunciones tales como la coacción, la compra o la suplantación de votante y voto.

Aunque parezca obvio, el colegio electoral es un marco lo suficientemente apropiado para desterrar en un porcentaje altísimo cualquiera de esas conductas.

No sucede lo mismo en la intimidad del hogar, dónde nuestras relaciones, filias y fobias personales pueden prevalecer sobre nuestra intención de voto.

Quien más quien menos puede dejarse llevar por el consejo de ese amigo, pareja o familia que, ya que nos echa una mano en este trámite, aprovecha para aconsejarnos o convencernos de la idoneidad de cambiar nuestra intención de voto a tal o cual partido.

Sutil, imperceptible pero eficaz.

Otro tanto ocurre con esa amiga cuyo viaje en Irlanda le pilla en plena época comicial y no tiene inconveniente en prestarnos su dispositivo o identificación para que votemos por ella. Lo que efectivamente votemos, haciéndo caso o no de sus indicaciones, ya es cosa nuestra, sí, nuestra.

La llamada brecha digital supone otro de los inconvenientes asociados a esta tecnología, ya que las zonas rurales, menos cubiertas por la necesaria tecnología para llevar a cabo el proceso luchan en inferioridad de condiciones frente a las poderosas y súperveloces redes urbanas.

Y por último el coste.

Un sistema capaz de afrontar todos estos retos: auditoría, anonimato; de erradicar cualquier sospecha sobre posibles compras, coacciones y suplantaciones de personalidad y de llegar hasta los lugares más apartados de la geografía del país supone una importante inversión económica tanto en hardware como en software.

Y frente a ello las modestas papeletas, una inversión poco sostenible en papel, es cierto, pero más baratas y más fiables, según todos los expertos, que todo el despliegue tecnológico necesario para conseguir, sin grandes aspavientos, los mismos resultados.

Al fin y al cabo, el voto es un derecho con el que se nos importuna una vez cada cuatro años, bueno, en el caso de España menos, cada vez menos, pero esa ya es otra historia.

Lo que está claro es que si fuese fácil, ya se habría hecho y los intentos no son, por ahora, demasiado halagüeños.

Pero tiempo al tiempo (y dinero).

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