EL INTERNET DE LAS COSAS_edited-1El avance tecnológico además de vertiginoso, es a menudo difícil de entender.

Y no porque lo que vamos descubriendo tenga necesariamente que ser complicado, sino porque determinado lenguaje dificulta las cosas a base de usar términos difusos para definir aspectos que son fáciles de comprender.

Internet de las cosas. ¿Qué puñetas es el internet de las cosas?

La primera vez que escuché este término, imaginé cosas tradicionales, simples, como una piedra o una rama, conectadas a la red, dotadas de esa inteligencia y esa capacidad de ofrecer servicios e información.

¿Un cajero automático en la oquedad de un olivo?

No me cuadraba, así que pensé que el término se debía a alguna corriente técnico-filosófica con la que el geek de turno se descolgaba para complicarnos la vida con su autobombo. El karma ahora es la red y como tal, fluye entre todo y entre todos. Bla, bla, bla…

Mi mente es así, simple y se atribula con frecuencia. De ahí que pensase en lo básico, en lo habitual, en lo sencillo y primario. Una piedra, una rama, un tío pedante…, bueno, no sigo.

Así que tuve que indagar para no parecer más lerdo de lo que soy y acabar concluyendo que la cosa es simple, sí, pero no.

Lo primero que descubrí es que debía desterrar esa idea tan primaria del concepto. No, internet no está en las piedras, al menos de momento. La idea se refiere a la cualidad de dotar de conexión a la red a los objetos cotidianos que nos rodean, los electrodomésticos.

Lavadoras, lavavajillas, frigoríficos, hornos y toda una caterva de aparatos que están (o pueden llegar a estarlo) conectados a Internet para realizar sus funciones cotidianas de manera más autónoma y eficaz. Serán capaces de iniciar y acabar ciclos de lavado, cocinado o lo que sea, por sí mismos u obedeciendo nuestras remotas órdenes; aprendiendo de los gustos preferencias y manías del dueño, controlando aspectos e incidencias de un ciclo de lavado, de la caducidad y estado de los alimentos que contengan y de las fascinante evolución del cocido que están elaborando por indicación nuestra.

Todo esto, así contado, parece estupendo, tanto que a la fuerza tiene que tener un lado malo, fijo.

No hace falta ser un lince para llegar a la conclusión de que (lo sabemos por experiencia), cualquier cacharro conectado a internet corre el riesgo de ser pirateado de forma inmisericorde por hackers avariciosos, piratas de medio pelo y gente sin mejores cosas que hacer.

Esto unido a la evidencia que ni existen aún antivirus ni protocolos de protección para lavadoras y lavavajillas, nos coloca ante un universo fascinante de electrodomésticos que se niegan a enfriar, lavar, cocinar, barrer o aquello para lo que fueron creados. Como un HAL9000 pero de andar por casa.

Ransomware para la lavadora. ¡Hasta que no pagues el rescate, no lavas!

En fin, que una vez conocido el tema, aprendido lo necesario y convenientemente abrumado por todo lo que puede suponer esta nueva corriente doméstico-tecnológica no sé si lo que se avecina es bueno, malo o regular.

Lo que sí sé es que, desde ya, tengo que limar asperezas con el vecino que tiene un hijo teleco y con el que me llevo fatal desde el episodio aquél de la tubería que dejó su baño hecho unos zorros.

A ver si la tontería del internet de las cosas combinada con las relaciones vecinales me deja ahora con el parque de cacharros caseros en huelga permanente. Que a los telecos los carga el diablo, oiga.

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