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La imagen mental colectiva que habitualmente construimos para representar internet es la de una red inmensa de computación global completamente descentralizada, donde la información viaja de forma libre y equilibrada entre millones de nodos independientes repartidos por todo el globo terrestre. No obstante, la realidad física de la infraestructura que da soporte a nuestro mundo conectado expone una preocupante y asombrosa concentración geográfica y de recursos en unos pocos enclaves.

Detrás de cada consulta en buscadores de información, cada vídeo transmitido en alta definición y cada archivo que confiamos al almacenamiento en la nube, reside un centro de datos físico. En la actualidad, el planeta cuenta con poco más de once mil de estas complejas instalaciones, pero casi un tercio de todas ellas se concentran en un único territorio: los Estados Unidos de América, que albergan cuatro mil trescientas tres infraestructuras, destacando la asombrosa densidad que presenta el estado de Virginia. Según datos de la plataforma Data Center Map, esta distribución dista mucho de ser simétrica y expone la dependencia del flujo de datos mundial de las decisiones corporativas norteamericanas.

A esto se suma el tremendo desafío de la climatología y los consumos energéticos, ya que mantener los millones de servidores a las temperaturas ideales que prescribe la Sociedad Americana de Ingenieros de Calefacción, Refrigeración y Aire Acondicionado —entre los dieciocho y los veintisiete grados centígrados— exige un ingente consumo de electricidad y agua para la refrigeración física de las placas. El crecimiento de las legislaciones nacionales de protección de la información obliga ahora a levantar centros de datos en regiones de climas sumamente calurosos de Asia y América del Sur, un reto de eficiencia que está forzando a consorcios de investigación en Singapur a explorar innovadores diseños de ingeniería bajo el mar o en cavidades subterráneas para aprovechar las bajas temperaturas naturales del subsuelo.

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