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Existe una creencia sumamente extendida entre los usuarios de telefonía móvil que sostiene que apagar por completo el terminal garantiza que el flujo de corriente eléctrica de la batería se detenga de manera absoluta, preservando la energía almacenada para futuras emergencias de forma indefinida. Sin embargo, la física de la energía desmiente esta asunción, pues todos los teléfonos inteligentes actuales continúan experimentando un consumo residual y una pérdida progresiva de carga con el transcurso de los días.
Una parte de este imperceptible gasto energético se debe a la propia arquitectura de diseño del hardware de los terminales modernos. Aunque la pantalla permanezca a oscuras, el teléfono debe mantener alimentado de forma continua un diminuto circuito electrónico básico encargado de monitorizar y responder instantáneamente a la presión física del botón de encendido, además de preservar datos de configuración esenciales como la fecha, la hora y los registros del reloj de inicio. No obstante, el verdadero responsable de esta merma energética reside en la química interna de las baterías de iones de litio, que experimentan un lento pero ininterrumpido proceso natural denominado autodescarga, acelerado notablemente cuando el dispositivo se expone a temperaturas elevadas, como el interior de un coche en pleno verano.
Para evitar que los terminales antiguos que guardamos en cajones sufran desperfectos permanentes en sus células de energía al quedar completamente descargados por largos períodos —una peligrosa situación conocida como descarga profunda que arruina la capacidad de retención química—, compañías de referencia en el ámbito de la investigación técnica como Apple aconsejan apagar los dispositivos únicamente cuando alcancen un nivel de batería aproximado del cincuenta por ciento. Mantener el móvil en un espacio fresco y sombreado, y recargar la batería de manera periódica cada seis meses, asegurará que el terminal de repuesto se encuentre listo para funcionar ante cualquier imprevisto.