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La evolución de los mandos a distancia de nuestros televisores refleja a la perfección cómo tecnologías de épocas radicalmente distintas pueden convivir en armonía para resolver necesidades de diseño complejas. El camino hacia la comodidad actual comenzó en mil novecientos cincuenta con el Lazy Bones, un dispositivo desarrollado por Zenith Radio Corporation que estaba conectado a la televisión mediante un aparatoso cable y que permitía encender y cambiar de canal, aunque de forma poco práctica para la vida cotidiana.
El posterior Flash-Matic eliminó los cables sirviéndose de un haz de luz visible, pero presentaba el grave inconveniente de que la luz ambiental intensa del salón podía encender la televisión por error. La madurez llegó en la década de mil novecientos ochenta con la estandarización de la tecnología de infrarrojos, un sistema consistente en un pequeño diodo LED que emite secuencias rápidas de destellos invisibles para el ojo humano, codificando órdenes que el receptor del televisor interpreta de inmediato. Hoy, en pleno siglo veintiuno, el estándar Bluetooth ha conquistado la comunicación inalámbrica por su mayor alcance y capacidad de control por voz, planteando la lógica pregunta de por qué el antiguo infrarrojo sigue estando presente en todos los mandos modernos de marcas como TCL.
La respuesta radica en una sabia decisión de ingeniería compatible con el ahorro energético. El chip de conexión Bluetooth necesita que ambos dispositivos estén emparejados de forma constante, un estado que no existe cuando el televisor se apaga por completo para reducir el consumo eléctrico. En ese instante de reposo absoluto, solo el canal analógico del infrarrojo es capaz de transmitir la corriente necesaria para despertar los circuitos primarios de la pantalla. Una vez encendida, el mando conmuta automáticamente al canal Bluetooth, demostrando que la verdadera innovación a veces consiste en hermanar el pasado y el presente de la electrónica.