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La presencia de navegadores y sistemas de geolocalización satelital se ha vuelto tan habitual en nuestra vida diaria que raras veces nos paramos a pensar en la enorme cantidad de información sobre nuestras rutinas que estos pequeños dispositivos registran segundo a segundo. Para las empresas logísticas, esta tecnología resulta imprescindible a la hora de coordinar rutas de paquetería y asegurar la carga, pero para un repartidor en Cataluña, se convirtió en el testigo silencioso que propició su despido fulminante.
El trabajador en cuestión prestaba sus servicios de conductor con un contrato de media jornada, cubriendo una ruta regular de reparto entre las localidades de Gerona capital y Calonge. Disponía de un intervalo libre de varias horas a mediodía, tiempo durante el cual su empresa le abonaba una dieta diaria de manutención para que pudiera almorzar fuera de casa. No obstante, el ingenioso repartidor ideó un método para obtener un ingreso adicional: utilizaba el vehículo corporativo para conducir unos treinta minutos hasta su domicilio particular en Montbarbat, comía tranquilamente en su propio hogar y se guardaba íntegro el dinero de las dietas.
La compañía empezó a sospechar al revisar los desajustes en el kilometraje de la furgoneta. Una inspección detallada de los registros del localizador GPS del vehículo, cuya existencia el empleado conocía por su propio contrato de trabajo, expuso de inmediato el desvío sistemático de la ruta autorizada. El caso terminó en el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que ratificó la procedencia del despido por abuso de confianza y deslealtad laboral, obligando al exrepartidor a devolver mil cuatrocientos setenta y cinco euros bajo la figura jurídica de enriquecimiento injusto. Un recordatorio práctico de que la tecnología vigila discretamente cada uno de nuestros pasos.