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07.oct.2025

Analizando la evolución de la red desde sus cimientos, comparto la preocupación expresada recientemente por Tim Berners-Lee, el creador conceptual de la World Wide Web. Si bien la infraestructura física original (ARPANET) fue obra del Departamento de Defensa de EE. UU., los protocolos que democratizaron el acceso —HTML, HTTP y las URLs— fueron diseñados bajo una premisa innegociable: la red debía ser de acceso gratuito para garantizar su adopción global.
Sin embargo, el modelo de negocio evolucionó hacia un paradigma extractivo. En la Web 2.0, descubrimos que la gratuidad era una ilusión; pagábamos el acceso entregando nuestra privacidad, convirtiéndonos en el producto que alimentaba los algoritmos de segmentación publicitaria. Esta dinámica priorizó el engagement, fomentando cámaras de eco, desinformación y afectando negativamente a la cohesión social.
Lo que me resulta técnicamente alarmante es que la industria de la Inteligencia Artificial está replicando este modelo con exactitud. Hiperescaladores como OpenAI (ChatGPT), Microsoft (Copilot) y Alphabet (Gemini) ofrecen capas de acceso gratuito a sus LLMs a cambio de devorar nuestra información. El objetivo real no es brindarnos una herramienta conversacional, sino procesar nuestros prompts para perfilar nuestras necesidades y hábitos con una granularidad sin precedentes. Al depender de las mismas plataformas hegemónicas que ya controlan nuestros datos históricos, corremos el riesgo de consolidar un monopolio cognitivo donde la inferencia algorítmica se paga con la mercantilización absoluta de nuestra identidad digital.

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