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24.mar.2025
Al analizar la trayectoria de la tecnología de consumo, me encuentro con una contradicción fascinante. Por un lado, tenemos la percepción de que la Inteligencia Artificial es una novedad disruptiva de 2022, cuando en realidad, la arquitectura técnica de la IA lleva décadas operando en la sombra. Desde los sistemas basados en reglas de los años 50 hasta los filtros de spam y los algoritmos de recomendación de los 90, la IA ha sido el «backend» invisible de nuestra vida digital mucho antes de que ChatGPT la hiciera accesible al gran público mediante interfaces de lenguaje natural.
Sin embargo, mientras celebramos esta evolución, estamos sufriendo una amnesia digital colectiva. El fenómeno del «abandonware» y el cierre de servidores están borrando sistemáticamente nuestra historia digital. A diferencia de los medios físicos, el software moderno depende de una infraestructura activa; cuando una plataforma cierra o una app deja de actualizarse, esa parte de la cultura digital desaparece irrecuperablemente. Proyectos como Internet Archive intentan mitigar esto, pero la complejidad de las webs dinámicas actuales hace que la preservación sea un desafío técnico titánico.
A esto se suma la muerte de la serendipia. Los algoritmos de recomendación se han vuelto tan eficientes en predecir nuestros gustos que nos han encerrado en bucles de retroalimentación o «cámaras de eco». Técnicamente, esto optimiza la retención del usuario, pero elimina el ruido estadístico necesario para el descubrimiento accidental. Ya no encontramos contenido nuevo que desafíe nuestros patrones; simplemente consumimos iteraciones infinitas de lo que el sistema ya sabe que nos gusta. Estamos construyendo un internet perfecto para la comodidad, pero estéril para la innovación creativa.