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Escribir un mensaje de texto o redactar un correo electrónico en cualquiera de nuestros dispositivos modernos es un acto tan fluido que casi nadie se detiene a pensar en la extraña disposición de las letras bajo sus dedos. La letra A se sitúa al principio de la línea media, pero la B aparece en un rincón inferior, configurando un aparente caos que carece de sentido alfabético directo. Sin embargo, esta curiosa disposición no es un capricho estético, sino una brillante solución mecánica ideada hace más de un siglo para solucionar un problema físico.
En los primeros prototipos de las máquinas de escribir, las teclas estaban dispuestas en orden alfabético estricto de la A a la Z, facilitando que los principiantes encontraran las letras con rapidez. El problema surgió cuando los mecanógrafos profesionales ganaron velocidad; al teclear con rapidez, las barras metálicas que portaban las letras chocaban entre sí y se atascaban constantemente al intentar imprimir el papel. Para resolver este inconveniente mecánico, se realizaron múltiples pruebas hasta dar con el diseño QWERTY, nombrado así por las primeras seis letras de la fila superior izquierda. Esta disposición separó estratégicamente las letras más recurrentes del abecedario para evitar que las varillas mecánicas coincidieran en el mismo espacio al teclear de forma continua.
La solución fue un éxito tan rotundo que se convirtió en el estándar de fabricación de todas las marcas del mundo. Con el nacimiento de la informática de consumo y los ordenadores personales, las varillas desaparecieron, pero la memoria muscular de los usuarios estaba tan acostumbrada a este clásico teclado que los ingenieros decidieron conservarlo. Hoy, las pantallas táctiles de nuestros modernos teléfonos móviles siguen manteniendo esta vieja y genial solución de la época industrial.